Al final de la sesión, fueron más las caras de alivio que las de temor. Aun cuando la jornada fuera negativa, con el Dow perdiendo 0,52 por ciento al cerrar en 8.369,19 puntos, y la medida más amplia del mercado, el S&P 500 retrocediendo 0,38 por ciento, el ambiente era casi jovial y no porque el NASDAQ ganara 0,66 por ciento, sino por lo que se había vivido pocos minutos antes. El mercado abrió la semana con un claro tono bajista que 15 minutos antes de las 15 marcaba lo peor de la sesión, cuando el promedio industrial se desplomaba 5,06 por ciento; el S&P, 4,85 por ciento, y el NASDAQ 4,24 por ciento. A partir de ese momento vinieron la recuperación y el cambio de humor. Para ser sinceros, mas allá de la propia dinámica de los inversores no hubo ninguna explicación sensata para justificar ni el derrumbe (a menos que queramos otra vez vincularlo todo con el presidente Bush y un nuevo discurso sobre el mercado con el que no convenció a nadie) ni la recuperación del mercado (a menos que queramos escudarnos en el argumento de que no es muy sabio tomar posiciones extremas antes de un discurso del presidente de la Fed ante el Congreso). Lo que es claro es que todavía no es tiempo de celebrar, porque no importa lo que digan los volúmenes, estamos frente a un mercado extremadamente ilíquido, donde cualquier pieza de información puede tomar un peso que normalmente llamaríamos exagerado. Poco importa lo que pase, será muy difícil olvidar que la jornada trajo a la mente de los más veteranos aquellos negros días de octubre de 1987. Si bien el mercado accionario fue capaz de experimentar algo parecido a un rebote, los bonos y el dólar quedaron muy cerca de los mínimos del día, dando idea de que "lo que anda mal", sigue mal.
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