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Su poder económico, político y militar fue el centro de atracción que durante las primeras décadas del siglo XIX impidió que provincias del Oeste se unieran a Chile; que otras del Norte se sumaran a Bolivia; que provincias del Litoral formaran un estado independiente o fueran parte de Brasil o Paraguay, y que la Patagonia quedara fuera del territorio nacional argentino.
Buenos Aires poseía la pampa húmeda y controlaba el puerto y la Aduana.
Definido en 1880 el conflicto entre Buenos Aires y el interior con la federalización de la capital provincial, el territorio bonaerense se constituyó en la base del poder nacional.
Pero al comenzar el siglo XXI, este poder ha colapsado en términos económicos y financieros. Buenos Aires, que históricamente era la provincia más rica, y que derramaba recursos hacia las más pobres, está quebrada. Hoy tiene 60% del total de las emisiones de bonos provinciales y 52% del déficit de las provincias.
Quizá no sea casual que el extremo debilitamiento del liderazgo presidencial que ha tenido lugar con De la Rúa y Duhalde, haya sucedido cuando la base del poder nacional ha entrado en quiebra, cuando el país sufre simultáneamente la mayor crisis de su historia en términos de recesión, caída de la actividad económica, hambre, desempleo y crisis de credibilidad en la política.
Esta situación está generando, por primera vez desde el siglo XIX, que varias provincias se encuentren mejor que la Nación, al estar en superiores condiciones económico-financieras que la provincia de Buenos Aires, con la que en gran medida ha estado identificado el poder nacional desde el inicio del proceso emancipador.
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