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8 de febrero 2002 - 00:00

Era innecesaria la estafa al ahorrista

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La Argentina, desde hace casi 60 años (después de la Segunda Guerra Mundial), en vez de elegir el modelo de las democracias ganadoras de la contienda bélica (el capitalismo competitivo) se inclinó por el capitalismo corporativo, corrupto, prebendario, demagógico y populista de la Italia fascista y la Alemania nazi, que vivía obsesionado con la redistribución de ingresos desde los ganadores de un plan fracasado hacia los perdedores del mismo. Ambos grupos se han disputado los favores del poder durante décadas. Sus caras son cambiantes dependiendo del gobierno de turno que los favorece. Pero lo que es común a este tipo de capitalismo es que los que siempre pierden son los que no tienen poder de lobby, o sea la gente, o sea el país. Y hacer política económica de espaldas al común de los ciudadanos, a la larga o a la corta, termina mal porque no se puede vivir reventando a impuestazos al «tax payer» (6 impuestazos en 10 años de convertibilidad) y confiscando a los ahorristas (Cavallo en el '82, Erman González en el '89 y Cavallo-Remes en 2002), salvo que queramos el suicidio como país.



La pesificación elaborada por el gobierno es funcional a las dos primeras exigencias de los De Mendiguren's boys y el default de la deuda, «sabiamente» aplaudida por el Congreso cuando Rodríguez Saá anunció la suspensión de pagos, sustituyó el «trabajo sucio» de subir aranceles a la importación porque hoy nadie en el resto del mundo le abre una carta de importación a un importador argentino, con lo cual la economía está completamente cerrada.

Si bien tanto el default y la devaluación son tristes y lamentables, también es cierto que son consecuencias lógicas e inevitables de 10 años de irresponsabilidad fiscal durante los cuales acumulamos $ 100.000 millones de déficit fiscal. Pero otra cosa totalmente distinta es hacernos los «machos» de que no pagamos la deuda (cuando en realidad nos debería dar vergüenza) por un lado y pesificar todo por el otro.



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