Ferrari, Menem y la burbuja financiera

Economía

En 1991 Massimo Del Lago (empresario italiano, hoy senador) le regaló a Carlos Menem, una Ferrari 348 TB. Los memoriosos recuerdan que esto disparó una serie de escándalos cuando luego de un viaje a Pinamar a 200 kilómetros por hora (cuando un reportero le recriminó el exceso de velocidad, el entonces mandatario admitió: "Si es verdad lo que dice, ¡pero soy el Presidente!") Menem se negara a venderla gimiendo: "La Ferrari es mía, ¿por qué la voy a vender?. Es mía, ¡mía!". Si bien por entonces no existía ninguna regulación sobre los regalos para los mandatarios, los u$s120.000 en que estaba valuado el auto generaron la indignación popular y al poco tiempo Menem debió rematar el auto que según las crónicas quedó en las manos del agente de Bolsa Juan Nápoli (padre) quien a su vez se la vendió luego a Héctor Méndez (presidente de la UIA-), donando el producido al Hospital de Niños. Una de las derivaciones positivas de este incidente es que en 1999 se sancionó la Ley 25.188 de Ética en la Función Pública que limita al equivalente hoy de u$s125 los presentes con los que se pueden quedar los funcionarios (en EE.UU. el máximo es de u$s375 y deben ser donados al Archivo Nacional en todos los casos).

El comportamiento casi infantil del expresidente con su cupé roja, fue atribuido entonces a su pasión por "los fierros" y las carreras de autos. ¿Pero qué tal si había algo más?.

El sábado último se remató en la sucursal de Monterrey, California, de Sotheby´s una Ferrari 250 GTO de 1962 en u$s48,4 millones -existen solo 36 del modelo y se esperaban entre u$s45 y u$s60 millones-, rompiendo el récord anterior de 2014 en u$s 10,3 (el máximo sería la venta privada de un auto de 1963 en octubre de 2013 por u$s52 millones). Su vendedor, Greg Whitten, un ex Microsoft, la había comprado en el 2000 en unos u$s10 millones.



En enero de 2007 la aseguradora norteamericana Hagerty (la mayor del mundo para autos de colección y sede de la mayor red del mundo de coleccionistas de vehículos y botes) empezó a elaborar el "Índice del precio de las Ferraris" en base a los 13 modelos entre 1950 y 1980 más buscados por los coleccionistas (la 348 TB de Menem, una de los peores en la historia de la marca, no está). Es cierto que no muchos podrían haber desembolsado los u$s800.000 que costaban en promedio estos vehículos once años atrás, pero está claro que aun con el párate que vienen mostrando los precios desde 2015 (la operación de la semana pasada se incluirá en enero próximo), quien hubiera apostado por uno de estos productos de la marca del caballito estaría multiplicando por 6,89 veces la plata que puso.

La tradición bursátil dice que las acciones son la inversión de mayor rendimiento y la inversión en países fronterizos mejor aún. Pero si se observa que en el mismo periodo el índice S&P 500 dejó una ganancia del 201% y el Merval (en dólares libres) un más acotado 120%, se entienden las lágrimas de Menem cuando tuvo que despedirse de su chiche.

Bromas aparte, el precio récord de la semana pasada por la Ferrari, los u$s450 millones que pagó en noviembre del año pasado el príncipe bin Salman de Arabia Saudita por una pintura de segundo nivel de Leonardo Da Vinci -máximo histórico para una obra de arte-, el valor real de las propiedades a nivel global y en Estados Unidos que están en un máximo histórico y la seguidillas de récords del Russell 2000, el Dow y el S&P 500 que experimenta -el segundo- mercado alcista más largo de su historia, son, por decir lo menos, posibles señales de una inmensa burbuja financiera. Entretanto, para los millonarios la opción es simple, si lo peor llegara a suceder, que preferirían: ¿quedarse con papeles de Tesla o pasearse en una Ferrari?.

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