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12 de julio 2005 - 00:00

Fiesta de Lavagna con los bancos para celebrar canje

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Guillermo Nielsen

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Sushi para los más delicados, carne asada para los ambiciosos. Champagne y dulces. Todo estaba previsto para la celebración, de cuyos detalles se encargó Guillermo Nielsen, el secretario de Finanzas. La condición de la reunión fue su discreción, por no hablar de secreto. Los bancos entienden de sigilo: casi parece un acto clandestino. Sobran razones para tan bajo perfil. Entre ellas, la inasistencia de cualquier otro funcionario del gobierno, sean Néstor Kirchner o el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, el superior formal del ministro. Salvo Felisa Miceli, nadie del oficialismo que no reporte a Lavagna. Ni siquiera Martín Redrado o cualquier otro economista del Central. El héroe, esa noche de alegría, era Lavagna.



Tonterías. El viejo industrialista se mostró cómodo en la camaradería con los directivos de la banca internacional y local. Aun con los de Merrill Lynch, firma a la que no quería contratar en un comienzo por haber estado ligada al endeudamiento de los '90. Las negociaciones acercan a las partes y en Yacht se los vio festejar a David Parsons, de Merrill, junto a Rodolfo Molina y Daniel Nicolaiesvky (UBS), José Barrionuevo (Barclays), Elizabeth da Silva (BofNY) y también a los abogados Roger Thomas y Carmen Corrales, de Cleary, Gottlieb, Steen & Hamilton, el estudio de abogados contratado por Economía en Estados Unidos. Mezclados con estos visitantes, banqueros locales: de Antonio Garcés y Luis Ribaya (Galicia) a Jorge Bledel y Carlos Villahoz (BBVAFrancés), de Juan Casas a Nicolás Dujovne y el abogado Enrique Bruchou.

Tenía algo de estudiantina la fiesta de Lavagna, Nielsen y los bancos. Sobre todo cuando, como en los cumpleaños de 15 o las bodas, decidieron proyectar un video con algo del backstage de la larga reestructuración. Todos los aplausos y las risotadas se las llevó el secretario de Finanzas, obsesivo siempre con la indumentaria -a diferencia de su jefe-paseando por el invierno romano con gorra inglesa y foulard de seda. « Guillermo no lo hacía de coqueto; se disfrazaba para que no lo identificaran los bonistas: con gorra debía menos.» Bromas del equipo económico, sobre todo de los jóvenes que lo acompañaron, encabezado por Sebastián Palla.

Todo tipo de comentarios en los corrillos de esa noche.

Desde la unánime versión sobre el cansancio de Nielsen, quien a menudo sueña con dejar la función pública para regresar a la actividad privada, hasta los brumosos pronósticos sobre el futuro de Lavagna. «Guillermo piensa que podría ir al sistema financiero, tal vez a algún banco de inversión que quiera aprovechar la experiencia ganada», comentó un asistente. Le contestó otro, precisamente de una institución de ese tipo: «Que ni lo sueñe; en el sistema financiero no lo quieren ver por razones de distinto tipo, también técnicas.¿O piensa que es Larry Summers, que dejó el Tesoro para enseñar en Harvard?».

En cambio, hubo más intriga sobre el destino de Lavagna. Un economista observó, manipulando con palitos un sashimi de salmón: «¿Vieron que cada vez que habla hace el inventario de lo que hizo? Roberto se ha propuesto refutar a los que dicen que la brecha del producto ya fue consumida y que él la desaprovechó en una eterna siesta. A ellos les dedica sus últimos discursos, tratando de explicar que este modelo no tiene las inconsistencias del austral o de la convertibilidad».

Lucubraciones.

La fiesta de Puerto Madero no fue un hecho aislado. Venía a completar un extraño seminario de autocelebración, en el que el equipo económico festejó la mayor quita de la historia. Es curioso que también lo hicieran los bancos que participaron de la transacción y que deben seguir seduciendo inversores en mercados emergentes. Se notó algo de esa incomodidad en las exposiciones de la mañana, no en la fiesta de la noche. Aunque fue desopilante advertir cómo algunos economistas de bancos de inversión defendieron la política de Lavagna casi como Hugo Moyano defiende la de Kirchner. Fue el caso de Barrionuevo, de Barclays, quien salió al cruce de las críticas por la suba de la inflación, en defensa del subsecretario Sebastián Katz. «Yo no hubiera encontrado mejores argumentos», dijo el funcionario, agradeciendo el salvataje del banquero. Después pasó a cargar sobre Redrado, con el argumento oficial: no es que la inflación se haya disparado más de lo previsto, sino que el Central fijó metas demasiado ambiciosas. De esta alquimia de palabras sale 10,5% de inflación que Lavagna dice haber establecido para este año. Es todavía un número mágico, misterioso, del que nadie habló en la noche de Puerto Madero, para no arruinar el festejo.

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