Aclaremos un poco las cosas. Al cierre del martes, el mercado bursátil norteamericano había caído tanto que superaba el "bear market" de los '70 y experimentaba oficialmente la tercera mayor baja en toda su historia. Ayer el Dow experimentó la segunda mayor suba en puntos de toda su historia, al ganar 6,35% para cerrar en 8.191,29 unidades. La cara de alivio y la sonrisa que exhibían las caras de los principales directivos del país, era sin dudas el mejor reflejo de cómo se vivían las cosas en la mucho más afectada Wall Street. Sin embargo, y dejando los triunfalismos de lado, esto no debe hacernos olvidar que hay que plantearse realmente que paso. Suponer que tamaña mejora (y la implícita recuperación en el precio de las acciones a futuro que muchos le asignan) fue simplemente porque demócratas y republicanos acordaron finalmente aprobar la nueva legislación en contra de los abusos del sector empresarial, o porque las pantallas de televisión mostraron cómo los fundadores y máximos ejecutivos de la empresa de cable Adelphia eran esposados y llevados a la cárcel (aun cuando es cierto que es la primera señal de que hay una verdadera decisión de castigar a los culpables de abusos) es por decir lo menos, una sobresimplificación. Lo mejor del día pasó por Citigroup y el JP Morgan, dando cuenta que lo vivido tuvo mucho, en realidad muchísimo, que ver con la cobertura de posiciones vendidas. Es conveniente entonces que cada uno se pregunte ante qué estamos: ¿el rebote de un gato muerto, un «bungee jumping», una trampa de osos o -Dios lo permita- un verdadero cambio en las expectativas de los inversores? Una golondrina no hace verano, pero con las sonrisas que se vieron ayer, a nadie pareció importarle.
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