26 de julio 2001 - 00:00

Gran Bretaña: los accionistas no quieren que los CEO ganen fortunas

Christopher Gent, que acaso sea el industrial británico más destacado de su generación, podría pasar el día en la asamblea general anual de Vodafone Group escuchando críticas a causa del último paquete de opciones accionarias que le otorgaron. ¿Será justo? Tal vez no lo sea. ¿Hay motivo para ello? Casi seguramente.

Gent ha pasado el grueso de su carrera en Vodafone, y en calidad de CEO transformó la firma en una de las mayores empresas de telecomunicaciones del mundo y, brevemente, antes de que el precio de sus acciones empezara a bajar, en la compañía más importante de Gran Bretaña. Gent podría esperar que los accionistas se congregaran agradecidos a sus pies, y propusieran un brindis a la grandeza de su ingenio, la reciedumbre de su temperamento, la astucia de su estrategia y la sabiduría de su gestión.

Humillación

La asamblea podría concluir con la recaudación de donativos para erigir una estatua del prócer -con un teléfono celular al oído, naturalmente-en la Plaza Trafalgar. No sucederá. Gent incluso podría padecer la humillación de que muchos accionistas voten para que no reciba sus honorarios.

Gent no es el único. En alguno de los jojosos campos de golf de Surrey podría compartir sus pesares dentro de poco con Lord Simpson, jefe de Marconi, quien acaba de arrojar a su sucesor designado, John Mayo, a una jauría de accionistas enfurecidos. Horas más tarde, ambos podrían intercambiar experiencias con Graham Wallace, máximo ejecutivo de Cable & Wireless, a quien los accionistas también han hecho pasar malos ratos por su paquete de opciones. En los grandes grupos británicos-y en poco tiempo en toda Europa y los Estados Unidos-hay mucho enojo.

Los accionistas están perplejos y resentidos por los sacudones que han tenido que pasar en los dos últimos años. Ahora se están valiendo de todo medio disponible para manifestar su ira contra los ejecutivos que los decepcionaron. Tal vez esto no sea justo. Pero, ¿es saludable?

En Gran Bretaña, así como en los Estados Unidos y en menor grado en Europa, el panorama empresarial ha cambiado de una forma importante aunque sutil desde la última vez que hubo una depresión económica. Hoy en día es moneda corriente que los máximos responsables cobren varios millones de libras anuales sólo por ir a trabajar todos los días.

Si hacen algo fuera de lo ordinario -como llevar adelante la primera adquisición hostil airosa en Alemania, en el caso de Gent-pueden dar por sentado que les darán unos cuantos millones más como bonificación. Si el precio de las acciones sube, lo cual, podría argumentarse, era una parte básica de su trabajo, reciben otro bonus extra.

Estas grandes sumas tienen su precio: hay que producir buenos resultados, y no importa cuán difícil esté el mercado. Tal vez no sea culpa de los accionistas que la compañía se esté hundiendo, pero las consecuencias son que ellos pagarán los platos rotos.

Esto suele no ser justo, pero tampoco lo sería que el máximo ejecutivo promedio decidiera pagarse cien veces, en vez de diez veces, el sueldo del empleado promedio. De hecho, la clase ejecutiva ha desechado todo concepto de lo justo. Ya no forma parte del diálogo empresarial, ni es un valor que muchos ejecutivos reconocerían. Tal vez esto haya sido algo bueno: el capitalismo es más efectivo en sus formas más crudas y primitivas. Pero es muy tarde para que ninguno de ellos empiece a quejarse de la «injusticia».

Deuda

Tomemos a John Mayo (y quédenselo, dirían, sin duda, los accionistas de Marconi). Simpson y Mayo idearon entre sí una estrategia para extraer a Marconi de los negocios del lento sector de la defensa en que la instaló el predecesor de ellos, Lord Weinstock, y ubicarla en el pujante mercado de los equipos de telecomunicaciones.

Después, pagaron precios de primera división por una serie de fabricantes mediocres de productos de telecomunicaciones. Los resultados fueron previsiblemente pésimos: al caer la economía, Marconi padeció tanto como las demás, y también acumuló una deuda enorme.

Lo cierto es que algo había que hacer. La defensa era una industria declinante, y Marconi no era ni siquiera un líder mundial en dicho sector. Acaso escogieron un mal momento y ejecutaron la estrategia torpemente, pero el concepto bien puede haber sido acertado.

En este caso, y es posible citar muchos más, las críticas son al menos parcialmente injustas. Pero en estos precisos momentos, los accionistas parecen no estar de ánimo para ser comprensivos. Tal vez esto no sea aconsejable. Las compañías, como todo el mundo, necesitan cierta libertad y margen para cometer errores. De lo contrario, podrían sentirse tan cohibidas que nunca intentarían hacer nada nuevo.

Quizás se deba volver al sistema en que había más moderación en la paga de los CEO y las metas que debían alcanzar. Pero en los negocios, como en la mayoría de los aspectos de la vida, una vez que las manecillas del reloj han avanzado, casi nunca se puede volverlas atrás.

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