22 de noviembre 2000 - 00:00

Hay que pasar el invierno

Ambito Financiero publicó el 1° de noviembre pasado un artículo mío titulado «Hay que fijar una nueva paridad con el dólar». En realidad, el título de ese trabajo era: «A diez meses de la instalación del nuevo gobierno». Transcurrido ese lapso, enfrentábamos -y enfrentamos- una severa crisis, que costará muchos esfuerzos y hasta sacrificios para resolver. Quisiera hoy profundizar ese tema analizando las causas y características de dicha crisis y sus posibles soluciones.

La crisis actual no es producto de fenómenos circunstanciales ni de acontecimientos puntuales inesperados. Es la resultante de un largo proceso que comienza con el advenimiento de Perón en 1945 y que por distintas razones se extiende hasta nuestros días. Para entender la crisis actual es necesario recapitular lo ocurrido durante ese largo período, en cuyo transcurso aparece como una constante la tendencia de todos los gobiernos a vivir en déficit y recurrir a la inflación.

Las causas lejanas de la crisis actual se remontan al período comprendido entre 1945 y 1989. Perón heredó en 1948 una situación excepcionalmente favorable. Durante la Segunda Guerra Mundial habíamos acumulado oro y divisas por 20.000 millones de dólares (a los valores actuales), y la Argentina se ofrecía a los países devastados por la guerra como una esperanza.

Lamentablemente, Perón implantó un régimen nacional-socialista, que en tres años despilfarró las reservas acumuladas y embarcó al país en políticas estatistas, dirigistas, de economía regulada contra el mercado, de aislamiento internacional y sobre todo de déficit financiado por métodos inflacionarios.

Los gobiernos que se sucedieron después de la caída de Perón mantuvieron, sólo con cambios de formas, ese sistema, que en el fondo era socialista. Ni aún los gobiernos militares, que muchos veían como liberales, cambiaron ese sistema. Sólo durante el gobierno de Arturo Frondizi, entre 1958 y 1961, se procuró sustituirlo por un régimen de libertad económica, pero esa tentativa fue abortada por razones políticas.


Ese nacionalismo económico y ese intervencionismo socialista en la economía provocaron decadencia del país, que retrocedió del 7º u 8º lugar que ocupaba en el mundo en 1945 al septuagésimo u octogésimo en la década de 1980.


En 1983, al restablecerse las formas democráticas y constitucionales, se inició una segunda etapa dentro del proceso bajo análisis. El gobierno de Raúl Alfonsín no resolvió la crisis heredada. Por el contrario, nos precipitó a una nueva crisis más aguda que la anterior, que nos llevó a la insolvencia en el plano internacional y a la descapitalización e hiperinflación en el plano nacional.


Esta segunda etapa se agotó en 1989 con la «resignación» del entonces presidente en medio de un verdadero desastre. Bajo esa circunstancia se inició el primer gobierno de Carlos Menem. Sorprendentemente -y afortunadamente-, el nuevo presidente impulsó una política basada en principios liberales, que significó una gran transformación del país y que permitió resolver muchos de los dramáticos problemas heredados. Pero durante el segundo período de Menem, el impulso renovador se fue agotando por las resistencias políticas y sindicales y también por errores cometidos por Domingo Cavallo. La tarea de transformación quedó inconclusa y ése fue el factor determinante de la precipitación de la crisis actual. Esta nos está llevando otra vez a una situación de insolvencia y a la necesidad de financiar el año próximo 29.000 millones de dólares para pagar amortizaciones y pasivos diversos y cubrir el déficit del presente año, que se ubica entre los 6.000 y 10.000 millones de dólares. Ello, en medio de una fuerte recesión y de una elevada tasa de desempleo.


La situación actual


El gobierno de Fernando de la Rúa no ha cambiado los elementos fundamentales y positivos de la reforma del primer período de Menem (libertad económica, economía de mercado, apertura internacional y sobre todo estabilidad monetaria), pero ha mantenido también lo negativo de su segundo período. Lo esencial de la reforma Menem sigue en pie y está orientando al país en el sentido correcto. Pero el enfoque tecnocrático de Cavallo aplicado al manejo de la economía fue una de las causas principales de la crisis actual.


Como ya he señalado, esta crisis no es circunstancial sino que proviene de errores sistemáticos cometidos durante más de 40 años. Las consecuencias de esos errores fueron acumulativas. Su persistencia a lo largo de más de 40 años indica que respondían a una misma línea de pensamiento y de acción cuya constante era el déficit y la inflación. Esta vez ya no se podrá salir de la crisis presente mediante paliativos o soluciones a medias. Se requerirá un enfoque global del problema y consecuentemente la adopción simultánea de medidas que abarquen todos los aspectos del mismo. Hasta ahora no se ha pensado en un enfoque de ese tipo.


La acción del actual gobierno se limita a ir atendiendo uno a uno los desórdenes que se van presentando, sin ajustarse a un plan de conjunto que abarque el problema en su integralidad. Se atiende fundamentalmente a los acontecimientos a corto plazo sin que exista una clara noción de las perspectivas a mediano y largo plazo.


Lo esencial de las decisiones que se están tomando para atender lo inmediato consiste en financiar los déficit mediante un endeudamiento cada vez más difícil de conseguir y más oneroso. Insisto en lo ya señalado en el artículo del 1 de noviembre y en lo que he estado repitiendo en la Cámara de Diputados todos estos años en oportunidad de tratar el presupuesto: «Estamos viviendo de prestado» y dependemos en alto grado de la voluntad de los prestamistas de seguir atendiendo las necesidades argentinas. Un hecho de la mayor importancia que se ha presentado recientemente es reflejo de la situación apuntada: la búsqueda de un «paquete» financiero internacional de alrededor de 20.000 millones de dólares con el carácter de un «blindaje» preventivo para evitar la precipitación de los acontecimientos dramáticos en el país. La figura de un «blindaje» es inadecuada; no necesitamos protegernos de amenazas exteriores sino de las perturbaciones internas. Esa contribución internacional es de gran importancia pero debe revestir otro carácter. No se trata, como ocurrió en México, Brasil, Rusia y los países del sud asiático, de «apagar incendios» sino de adoptar medidas para que éstos no estallen. Esta es la clave de la solución de la crisis presente y de la rehabilitación del país a media-no y largo plazo.


Una idea fundamental a considerar es elaborar un programa global de aplicación simultánea de un conjunto de medidas liberales y obtener la cooperación exterior no como un «blindaje» contra posibles agresiones sino como una cooperación para hacer factible el citado plan.


Ejemplo francés


La historia económica es válida para interpretar los acontecimientos del pasado pero en manera alguna permite hacer predicciones para el futuro. Con esa salvedad, vale la pena recordar lo que se hizo en Francia ante una situación parecida a la de la Argentina de hoy. El general Charles De Gaulle, elegido presidente de la República, convocó a un pequeño grupo de personalidades, principalmente economistas, que bajo la dirección de Jacques Rueff elaboraron un plan como el señalado. La elaboración de ese plan demoró seis meses y fue puesto en marcha el 28 de diciembre de 1958. Ese fue el comienzo de la recuperación de Francia como gran potencia. Es también lo que nosotros deberíamos hacer hoy.


Lo que se está negociando con el Fondo Monetario Inter-nacional, el Banco Internacional de Desarrollo y los gobiernos de los Estados Unidos, España, Italia y otros no debe tener el carácter de una ayuda ante desórdenes existentes, sino que debe servir para financiar el plan de recuperación, que implica una profunda transición en la vida del país, pero que requiere recursos que en estos momentos no están disponibles en nuestro medio.


La acción del gobierno está lejos de resolver la crisis presente. Todo se limita a anunciar medidas inconexas y puntuales referidas a los acontecimientos que se están produciendo. La aceptación de un déficit de 6.500 millones de dólares en 2001 prevista en la ley de presupuesto implica un considerable retroceso forzado por las circunstancias. El auxilio internacional de 20.000 millones de dólares que se está solicitando no significa una ayuda financiera destinada a hacer viables los cambios profundos que son necesarios. Apenas alcanza para paliar la situación durante el año 2001 a costa, por supuesto, de un mayor endeudamiento que a su vez requerirá una mayor carga anual de intereses. Es evidente que con ese enfoque no se resolverá la cuestión de fondo. Sólo la elaboración de un plan de conjunto como el citado y una firme voluntad política para aplicarlo, lo que requerirá restablecer la confianza, permitirán revertir la situación que estamos atravesando.

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