11 de julio 2001 - 00:00

La dama y el trotamundos

Tampoco el público que participó del cóctel VIP ofrecido al finalizar la conferencia de Bill Clinton -que podía parecer más experimentado en el contacto con celebridades-pudo escapar a la vibración del ex presidente de los EE.UU. Dio una clase en esa tercera intervención ante los principales sponsors de su viaje de cómo ganarse hasta el último centavo de su privilegiado cachet. Se colocó detrás de un discreto cordel y rodeado de cinco impresionantes guardaespaldas se entregó a recibir una interminable fila de interesados en saludarlo, conversar con él durante un minuto y, naturalmente, permitir que uno de los cinco fotógrafos registrase el momento para la posteridad (cada cual entregaba una tarjeta a la víctima de la «photo opportunity»).

Con distintas modulaciones del cholulismo participaron del show los novelistas María Esther de Miguel y Marcos Aguinis, el ministro José Bordón y su esposa Mónica González, el embajador Jim Walsh, el economista Juan Ale-mann y un grupo selecto de empresarios que aprendieron cómo se atiende al público cuando se han cobrado cerca de $ 150 mil por cinco horas de trabajo.

Paciente, sonriente pero impasible en la repetición de los gestos, Clinton no dejó a nadie del salón sin el saludo, la foto y la conversa. A todos los recibía con gran sonrisa como si conociera desde siempre al desconocido, simulaba entenderles el inglés, compartía las palmadas (el ex presidente es hombre dado a los juegos de manos) y se despedía como si hubiera conocido a la persona de su vida.

Para los presentes fue una oportunidad inolvidable de tocar la historia. En especial para una señorita a quien le tocó el saludo cuando habían pasado todos los invitados y Clinton la emprendía con las promotoras. Identificada como una «staffer» de la empresa organizadora se trenzó en un largo diálogo con el ex presidente. De mediana altura, cabello con claritos, cariancha y ataviada con un tailleur de pantalón color habano claro, la visitante se animó en la charla y congeló el horario. Pasaban los minutos y el diá-logo en un inglés susurrado y que sonaba cada vez más bajo y musical.

Las sonrisas del invitado seguían y el público se fue quedando callado, como buscando adivinar en las entrelíneas del ambiente lo que se decían Clinton y la dama.

Arrastrado ya por los custodios Clinton estrechó a la anfitriona en un largo abrazo de despedida que coronó la faena. Celebró el público con una sorda ovación, un largo suspiro colectivo que sonó como un aplauso. «No puede con su genio», comentó de atrás un fumador mientras se descolgaba de su habano.

La dama quedó sola, nadie se animó a acercársele como respetando la reserva de lo hablado. Con la mirada perdida abandonó lentamente el salón, salió al amplio hall, rara, como encendida, giró sobre sus pasos, miró, Bill ya se había ido, volvió a girar en una parábola más amplia y dando vueltas se perdió en el público.

Dejá tu comentario

Te puede interesar