La vil moneda

Economía

Cierra el Congreso como todos los años, de urgencia y maratónicamente, con un saldo penoso para la institución: faltó debate hasta para un tema clave como los poderes extraordinarios para el Presidente, cunde una propensión oficialista al autoritarismo y alarma una docilidad (complicidad, sería el término más justo) sorprendente para lo que se dice «la oposición».

No hubo que asistir a las sesiones de las últimas 48 horas para observar la intolerancia del gobierno con quienes le objetan determinaciones. Pero sucedió en el plano individual, por ejemplo, una furiosa carga -casi el aparato provincial santacruceño in totum- para agraviar a un elemento propio, Eduardo Arnold, un hombre de la cercanía de Kirchner (fue su vicegobernador) que se atrevió como legislador a no consentir el mantenimiento del mínimo no imponible. Lo convirtieron, aunque en Buenos Aires casi ni se advierte ni se quiere ver, en un enemigo público del Sur (cuando, en rigor, parecía defender los intereses mínimos de los ciudadanos), corre el riesgo de ser extraditado de la región por obra y gracia del aparato del kirchnerismo local. O la enorme facilidad para subir y luego bajar del escalafón legislativo, caprichosamente, al socialista Rubén Giustiniani por haberse opuesto, casi peregrinamente, a un discutible proyecto de la primera dama convertida en senadora, o viceversa (la reforma del Consejo de la Magistratura). Aunque ayer ella eludió esa responsabilidad sancionatoria, el castigo es sin duda atribuible a otros eunucos parlamentarios de su sector. Está claro que la Casa Rosada impone a su antojo en el Parlamento, lo que imagina o proyecta. Dispone y ofrece propuestas, tentaciones o martillazos. Prevalece la pasión crematística y el pánico transitorio. Nada diferente a las operaciones que se realizan en otros sectores de la sociedad: así se gobierna. Lo nuevo y decepcionante, sin embargo, es la desidia, temor o complacencia de aquellos sectores que en la casa de las leyes juran oponerse al gobierno. Nunca se ha visto, tal vez, un doble estándar tan notable donde la conciencia ni cuenta.

Porque la ley de la prórroga de los impuestos se logró merced al voto de los legisladores que responden a Luis Patti, justamente después que a éste le impidieron -por capricho oficialista- que asuma luego de que así lo decidieran los votantes. También, bajo otra argucia legislativa, radicales o duros del duhaldismo, se han acoplado al avance de todas las iniciativas de Kirchner. Simple: entregan el asiento, como ellos dicen para dar el quórum (lo único que requiere el hedonismo kirchnerista), aunque el vulgo estima que esa humillación de entrega merece y tiene otra afinidad con el asiento. También otro nombre. Para luego decir, mientras se encuentran hincados, que no disfrutan con ese momento.

Algo semejante ha ocurrido, en estas horas, con las bandas de Mauricio Macri y, por supuesto, con las de la familia Rodríguez Saá. En la mayoría de los casos, se sabe de acuerdos y compensaciones -no por tradicionales, menos nefastas-, sea para sus provincias o para los mismos legisladores, léanse subsidios, participación en comisiones o la ocupación de miserables e inútiles jerarquías parlamentarias. ¿O no era por un tercer lugar en la cúpula que se rindió el macrista Federico Pinedo o Jorge Vanossi, también el duhaldista Eduardo Camaño que ganó en la puja para rebajarse de primero a tercero? Acaso no era más noble la memoria de haber sido Papa. Se hacen pocos nombres, pero en rigor son todos los legisladores que han actuado de esa forma venal que permitió -entre otras- la aprobación de una emergencia económica cuyo primer artículo establece la elevación del Presidente a niveles metafísicos, por encima de la Humanidad argentina, contrariando la Constitución. Y sin discutir ni mosquear siquiera: reprochable esa seducción hegemónica de Kirchner, casi repugnante la inclinación religiosa del resto del arco político argentino.

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