Enrique Eskenazi, Jorge Brito y Eduardo Eurnekian fueron algunos de los muchos empresarios que esperaron más de dos horas a Cristina y a Lula.
Con el atraso característico -más de dos horas de espera- se realizó ayer el almuerzo que Cristina de Kirchner le brindó a su colega brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, a quien la mandataria siempre mencionó con su nombre completo. Esta vez, se supone, la dilación se comprendía: ambos estaban reunidos a solas y seguramente no les alcanzaba el tiempo para resolver la multitud de problemas que envuelve a los dos países (más a la Argentina).
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Resplandecía el Palacio San Martín con invitados de todos los sectores, una ensalada rusa que iba desde empresarios como Eduardo Eurnekian, Jorge Brito, Eduardo Elsztain, Ernesto Gutiérrez, Carlos Heller, José Ignacio de Mendiguren, Cristiano Rattazzi, Julio Werthein, Carlos de la Vega, Paolo Rocca, hasta el piquetero Luis D'Elía y otros caciques sociales, los jefes de las Fuerzas Armadas (Roberto Bendini y el resto), intelectualesdel oficialismo como Nicolás Casullo,Ricardo Forster, Horacio González, periodistas varios, funcionarios como Daniel Cameron, Ricardo Jaime, legisladores como José María Díaz Bancalari y Agustín Rossi; también José Pampuro, a cargo del Senado cuando Julio Cobos no está. Obvio, ministros incluidos (Nilda Garré, Carlos Tomada, Jorge Taiana).
Hubo para calmar apetitos y ansiedades el pausado servicio de bandejas con bocaditos y bebidas, lo cual estimuló el ambiente, aunque todos miraban el reloj. Faltos de noticias todos, incluidos los más cercanos a la Presidente, ignoraban que ella, al día siguiente, partiría a Bolivia. Tampoco sabía nadie, durante el almuerzo (unos langostinos con ensalada y luego un tierno cordero patagónico), que al concluir, en la puerta de la vieja Cancillería habría de aparecer Hugo Chávez para acompañar brevemente a los otros dos Ejecutivos. Por lo menos, antes de dispersarse, alguno de los invitados lo habría saludado: seguramente Rocca, quien tiene pendiente el pago por la expropiación de Sidor.
Antes del menú, hubo que atender discursos del titular de la UIA, Juan Carlos Lascurain, de su colega brasileño Paulo Skaf, de la propia Cristina y de un agradecido Lula (quien, después de la llegada de Chávez, se habrá indigestado). En las mesas, los empresarios brasileños se quejaban por el precio del dólar en su país (dicen que exportan más pero a un tipo de cambio insostenible) y los argentinos amplificaban sus propias penurias. Cierta condescendencia de los vecinos por las quejas argentinas, relatos puntuales en las mesas sobre industria y campo, casi las 4 y media de la tarde y, encima, empezaba a llover. Justo cuando apareció el Mercedes-Benz negro con Chávez, los custodios y varios militares con la boina roja.
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