14 de junio 2002 - 00:00

Más que nunca se encendió la batalla Lavagna-Blejer

Más que nunca se encendió la batalla Lavagna-Blejer
Tal vez simplemente divulgó su pensamiento. Tal vez, en su exposición, desplegó un objetivo político, ya que nadie ignora que Roberto Lavagna nunca separó su actividad económica de la política. Inclusive que, para él, ésta es más preeminente que la otra. Más ahora cuando es ministro y, en alguna medida, parece temer que lo remuevan. Al mismo tiempo que, de continuar, persigue un poder superior al que tiene y pretende bajo su tutela directa al Banco Central, Energía y, eventualmente, también el área de Agricultura. Para Energía reemplazaría a Alieto Guadagni por Enrique Devoto (aunque anoche circuló una versión menos previsible: llevar a ese cargo a Guillermo Nielsen, el conflictivo secretario de Finanzas).

Para el Central, fracasado lo de Roberto Frenkel por su desaguisado de la pesificación asimétrica entre otros horrores, ahora trata de introducir a Alberto Camarasa para esa jefatura sometida, un burócrata internacional no famoso por el apego al trabajo, con exangüe versación financiera, a quien pueden recomendar Rodolfo Terragno, Mario Brodersohn y todo el equipo radical que lanzó el plan austral (en aquella época, las reuniones secretas en Washington sobre ese plan se hicieron en su despacho).

Por lo tanto, la intervención de Lavagna hace 48 horas ante el bloque peronista de Diputados, aprovechando una invitación, para muchos fue interpretada como una búsqueda de alianzas, un posicionamiento frente a Eduardo Duhalde y, si su situación se complica, un justificativo de la razón por la cual será despedido. Como buen argentino, por la acción o culpa de otros, no por su proceder, según la disculpada prédica del mandatario uruguayo Jorge Batlle.

En blanco y negro, el litigio tiene nombre y apellidos: Lavagna contra Mario Blejer, y éste contra Lavagna. El ministro sostiene que Blejer ya dejó el Banco Central, pero Blejer ha demorado su retiro por pedido del presidente de la Nación y, además, ni siquiera pareció inmutarse ni ofenderse por lo que Lavagna le dice a todo el mundo. Para colmo del malestar ministerial, Blejer -según Lavagna- «hace cosas que no le corresponden», como, por ejemplo, «las 16 reuniones que realizó en los Estados Unidos con el embajador Diego Guelar sin que Economía estuviera al tanto». Del otro lado, casi no trasciende nada, pero muchos estiman que a Blejer no le disgustaría conducir la economía argentina en lugar de Lavagna y que muchos senadores, si esto llegara a ocurrir, se complacerían de que llevara como titular del Banco Central a Aldo Pignanelli. Si bien no parecen demasiado afines, la necesidad política tiene cara de hereje como se afirma desde antaño. La versión es que esta iniciativa dispone de varios respaldos.

En este marco de intrigas (donde hasta se mencionan operativos de inteligencia de escandalosa gravedad) y desacuerdos, ante los legisladores peronistas, al margen de cierta dramatización y dureza, Lavagna puntualizó con cierta demagogia lo siguiente en busca del aplauso del auditorio, el mismo que un día inolvidable ovacionó el default:

• Estar en contra de cualquier tipo de inmunidad que privilegie a los funcionarios del Banco Central, bajo el criterio de que nadie debe tener privilegios y debe ser responsable de lo que firma.

También se manifestó contra la política de otorgar redescuentos a los bancos y aseguró que no se iban a conceder más como si él fuera dueño del Banco Central.

• Tuvo expresiones contra el FMI que más semejan a una voluntad por el enfrentamiento que por la negociación.


Lenguaje directo, explícito, a sabiendas de que se iba a difundir por más que el encuentro fuera reservado, que apunta a voltear en el primer caso el pedido de Blejer por la inmunidad para los funcionarios del Central (no tanto para él ya que una ley no tendría efecto retroactivo, sino para poder convocar futuros directores). El otro punto, en cambio, aunque luego Lavagna se lo negó a Blejer y ayer insistía en corregirlo frente a los banqueros, revela -para quienes así lo entienden- que si le pasara algo en el futuro, como renunciar obligadamente, esto sería obra de los bancos extranjeros y del FMI. Por otra parte, este final ya lo anticipaba en Europa apenas lo invitaron para incorporarse al gobierno de Duhalde.

• No pasaron inadvertidas para nadie las palabras de Lavagna.
Menos para Blejer, quien ayer mismo se apersonó ante Duhalde para explicarle que las reuniones en los Estados Unidos fueron para lograr que viniera la misión (objetivo logrado), pero que requería molesto alguna aclaración sobre su situación personal. Finalmente, él permanecía al frente del BCRA porque el propio Duhalde se lo había pedido. Por lo tanto, si continúa en el cargo, se mantenía firme en requerir una norma a favor de la inmunidad del Banco Central. El Presidente, siempre jineteando dos caballos al mismo tiempo como si fuera un especialista, le pidió a Blejer que siguiera en funciones, que no se vaya el 25 de este mes como muchos anticipan y que insistiría en tramitar, como lo está haciendo en el Congreso, el proyecto de ley a favor de la inmunidad. Además, para evitar nuevos conflictos, se comprometió a llamarlo a Lavagna más tarde en pos de una paz. A Duhalde, es obvio, pareció enrojecerlo que su ministro descalificara por desdoroso y presuntamente sin ética la norma que él impulsa sobre inmunidad.

• Hasta aquí hechos, protagonistas y un ambiente escabroso donde se habla de recompensas, dádivas y fotografías íntimas de mal gusto para el que las observa. Lo que resta ahora es la batalla final, sea porque Lavagna quiere liquidar bancos y éstos demandan un trato igualitario a los bancos oficiales, o sea por la negociación con el FMI. En el medio de ese conflicto pesa, como siempre, el manejo del dinero y la discusión por el programa monetario (ya que lo fiscal está medianamente consensuado). Entre los que contemplan partidas de redescuentos para evitar una reducción darwiniana de los bancos debido al drenaje perpetuo del «corralito» y los que aspiran a manejar esos fondos para planes de vivienda o ventas masivas de automóviles. De lejos, uno sabe de qué lado está Duhalde; pero, desde que está en el gobierno, el Presidente empezó a entender que mucho de lo que piensa y aspira tiene limitaciones. Y que el mundo está globalizado.

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