Culminó ayer el paro del campo, tras 9 días de huelga. Sus propiciadores hablan de éxito, pues afectó operaciones comerciales en 50% de granos y 70% en hacienda. No es lo que piensa el gobierno, feliz por sus mensajes publicitarios que condenaron al sector frente a la población y, también, porque los precios casi no se conmovieron en los mercados. Error quien piense en un empate: los ruralistas perdieron porque desde el principio se sabía que el gobierno contaba con suficiente stock para no cambiar el nivel de precios y las alternativas de movilización piquetera resultaron ineficientes o se disimularon en el caos habitual del tráfico. El mayor fracaso, sin duda, provino de la Sociedad Rural, cuyas cabezas -Luciano Miguens y Hugo Bolcatti- ni siquiera tienen relación con la protesta, uno es del ramo de los caballos y el otro de la leche, dos rubros que no la protagonizaban. Pero si esos datos no contribuyen, nadie puede mencionar personalismos como críticas: la Sociedad Rural tardó en llamar al paro, nunca lo convocó, finalmente lo aprobó casi con 50% de los votos en contra y, en el medio de la huelga, ofreció uno de los tantos y conocidos planes para salvar el campo que nadie tomó en cuenta. Para colmo de su penoso rol, los únicos y reconocidos violadores del paro fueron socios reconocidos de la institución, los más poderosos económicamente dentro de la SRA, esquiroles que además de no padecer advertencias o castigos han demostrado que la conducción de la entidad es precaria y poco representativa. No sería casual que en pocos días aparezcan voces para reclamar por la renuncia de sus dirigentes, ya que pocas veces en la historia de la institución se vivió un saldo tan patético.
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