Cada tanto, las formalidades diplomáticas se quiebran y el mal concepto sobre la clase política argentina se vuelve estridente en los funcionarios extranjeros. Jorge Batlle batió el récord («son todos ladrones»), pero Horst Köhler («me provocan irritación») y Anne Krueger («la situación de la Argentina no me causa la más mínima mortificación») también se sinceraron en su momento. Ayer le tocó el turno, de nuevo, al secretario del Tesoro, Paul O'Neill, famoso por sus mandobles verbales (había dicho que no prestaría plata a países latinoamericanos «para que termine en cuentas suizas»). O'Neill se quejó ayer: "Negociar con la Argentina es una lucha". Agregó algo obvio, pero impecable: «Es poco lo que puedo hacer desde afuera. Son los dirigentes argentinos los que deben conseguir que su gente alcance sus sueños». Una sinceridad casi agraviante, pero que no alcanza para que el gobierno, la mayoría de los candidatos y la clase política en general abran los ojos y reaccionen. Mala señal la de O'Neill en medio de la negociación con el Fondo.
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«Quiero mucho a la Argentina, quiero a su pueblo, es un lugar con enorme potencial, pero hay algunas cosas que no se pueden hacer desde afuera de un país», señaló.
«Ha sido una lucha. Me dijeron cuando estuve allí que antes del final de la semana enviarían la propuesta al Fondo. No lo hicieron hasta 10 o 14 días después y aun en ese momento lo que propusieron creo que en realidad no alcanza la medida plena para crear las bases de estabilidad», agregó.
«No vamos a salir con un megáfono vociferando y diciendo a todo el mundo que vamos a hacer esto hoy y lo otro mañana», ironizó el funcionario.
En sus declaraciones, el secretario del Tesoro señaló que la Argentina debe todavía presentar un plan que asegure la estabilidad de precios, el cumplimiento de los contratos y, en general, el imperio de la ley en el país.
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