El conflicto del agro no sólo produce desabastecimiento de alimentos, sino que está afectando a todos los sectores industriales. El primer efecto, y el más importante, es que varios sectores están pensando en dejar de ofrecer sus productos porque no tienen costos y no saben a qué precio van a reponer lo que vendan.
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«¿Cuánto va a costar la lana? ¿Cuánto los hilados?», preguntaba un empresario textil que estaba demorando la entrega de sus pulóveres y ropa de invierno, y postergando lanzamientos.
El fin de semana iba a ajustar sus costos, porque sus proveedores le están retaceando los insumos, señal de que se vienen aumentos de proporción.
Cueros
En la marroquinería el problema es el mismo. Si consiguen cuero, ¿a qué precio lo deberán pagar?
Muchos, ante el conflicto, optaron por lo que mejor saben hacer los argentinos en épocas de inflación: quedarse con la mercadería, que no pierde valor en estas circunstancias.
En una semana, las góndolas se despoblaron de carne vacuna y pollo. Los precios acompañaron la escasez. En Disco de Barrio Norte, sólo quedaba peceto y pedían $ 25 el kilo. Ese precio hace una semana era el de la carne de Cabaña Las Lilas, la más cara que se vende en el país. Los productos de este establecimiento, en épocas normales, es 50% más elevado que los demás.
Suspensiones
Las suspensiones de personal han empezado en algunos establecimientos y se pueden extender esta semana. Aparecieron las primeras actitudes defensivas del público ante esta situación, como el abastecerse anticipadamente de lo que pueden necesitar. En las estaciones de servicio, se llena el tanque. Shell, que tiene el combustible más caro y sus estaciones son menos frecuentadas, este fin de semana trabajó como si tuviera el combustible más barato.
La suba de precios de los últimos días es un factor que no tomó en cuenta el gobierno porque hay que ver si con el poder político menguado por el conflicto, bajarán a los niveles preconflicto.
Lo que lleva perdido de recaudación y horas de trabajo, se acerca a los u$s 2 mil millones, bastante más de lo que pensaba recaudar subiendo las retenciones.
Todo esto sin contar la pérdida de valor de las empresas, en especial aquellas que hacen cuantiosas inversiones publicitarias para vender sus productos y ahora deben mezquinarlo.
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