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No es fácil detener pedidos de aumentos salariales, pero eso define la valoración de cualquier presidente, aunque lo exponga a un costo político. Porque actúa en función del interés superior del país. El hoy tan recordado Ronald Reagan, apenas asumió la presidencia de Estados Unidos, se enfrentó en 1982 a una huelga de empleados públicos prácticamente irreemplazables por su especialización, los operadores aéreos. Los intimó a deponerla. No lo logró. Aplicó la ley vigente para servicios públicos y despidió a 11.000. Fue durísimo, pero encaminó la economía norteamericana y hoy se recuerda a Reagan como el más eficaz presidente del país del Norte en la segunda mitad del siglo XX.
Nunca es aconsejable la fuerza frente a la posibilidad de la persuasión, como correctamente hizo en un año el gobierno Kirchner frente a los piqueteros. Pero está el límite de la autoridad en el ejercicio del mando de un país.
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