22 de mayo 2001 - 00:00

Por qué nadie acierta en resolver la crisis

En mayo de 2001 la Argentina está viviendo una doble crisis, política y social por un lado y económica por el otro. Esa crisis que no es circunstancial sino que se ha venido gestando a lo largo de casi 50 años, se está agudizando y la opinión pública tiene la sensación de que se aproxima su descenlace.

Crisis no quiere decir necesariamente desastre o catástrofe, sino «momento de máxima tensión en el desarrollo de un proceso evolutivo», en este caso, la situación económica y social del país, cuyas más agudas manifestaciones son una ya prolongada recesión, un elevado nivel de desempleo y un insostenible endeudamiento. A ellas se agregan un creciente escepticismo, una gran incertidumbre, un disloque político de importancia y una seria perturbación en algunas de las instituciones básicas de la República, principalmente la Justicia y el Parlamento.

Para salir de esta crisis se requiere un acertado diagnóstico y una clara especificación de las causas que la han provocado. Sobre esa base hay que elaborar un programa concreto de acción, el cual debe ser comprendido y aceptado por la opinión pública. Esto último requiere a su vez una clara difusión y explicación de la acción a emprender por parte del gobierno y los partidos políticos. El restablecimiento de la confianza es un requisito indispensable, una condición sine qua non, para poder salir del problema e iniciar una firme recuperación.

Causas de la crisis

Las causas de la crisis son de dos clases: las remotas y las inmediatas. Las primeras que operaron entre 1945 y 1999, es decir durante más de 40 años, se derivan del intervencionismo estatal en la economía y en la estructura social del país (esencia de la filosofía socialista), bajo los más distintos gobiernos que se sucedieron a lo largo de ese período. Las causas inmediatas consistieron en una confirmación de ese intervencionismo durante el gobierno de Raúl Alfonsín, que desembocó en una aplastante hiperinflación. Después de un breve paréntesis (1989 a 1995), durante el cual Carlos Menem impulsó una reforma profunda basada en ideas liberales, la instrumentación de esa reforma se paralizó arrastrándose a la situación actual. Los puntos más salientes que caracterizan esta situación son los siguientes:

1 - Las cuentas nacionales. El país está viviendo por encima de sus posibilidades, por lo que se produce un déficit de gran importancia que es financiado a través de un mayor endeudamiento interno y externo. En el presupuesto nacional para el corriente año se fija el gasto en 52.000 millones de dólares. Como los recursos no son suficientes para afrontar ese gasto, aparece un déficit aceptado por el Fondo Monetario Internacional de 6.500 millones de dólares, que seguramente se elevará a 10.000 millones de dólares. Ese déficit se financiará por medio de empréstitos, pero en realidad el monto de las necesidades a cubrir se eleva a 29.000 millones de dólares (Art. 4º del Presupuesto Nacional). ¿Obtendremos esos préstamos? ¿A qué costo? Y si no los conseguimos, ¿qué ocurrirá? La situación será todavía peor el año próximo.

2 -
El gasto público. Del gasto público de 52.000 millones de dólares, el llamado gasto social (jubilaciones, pensiones, educación, salud, etc.) absorbe 60 por ciento, es decir 31.000 millones de dólares. Otro 22 por ciento (12.000 millones de dólares) se destina al pago de los intereses de la deuda. Queda, por lo tanto, para toda la administración gubernamental (FF.AA., organismos de seguridad, Poder Judicial, Congreso y demás obligaciones del Estado), sólo 18 por ciento del gasto. Los ajustes que se han venido practicando hasta ahora no resuelven ni remotamente ese problema. Actúan sólo sobre ese 18 por ciento, por lo que es evidente que la posibilidad y la eficacia de tales ajustes, si bien hay que realizarlos por razones éticas y por la necesidad de corregir abusos e insuficiencias, está muy lejos de proporcionar una solución verdadera.

3 -
El nudo gordiano. Hay quienes proponen aumentar los impuesto, pero los resultados obtenidos hasta ahora prueban que ese aumento impositivo, en lugar de producir mayores recursos, lleva a una disminución de los mismos y por sobre todo a una reducción de las inversiones y de la actividad privada. Otros expertos especulan con que, cuando se restablezca el «crecimiento» de la economía nacional, la recaudación aumentará, pero ¿por qué habrá de producirse ese crecimiento? Sin no hay inversión y no cambian fundamentalmente las condiciones en que se desenvuelven las empresas, no habrá una evolución de esa clase. La recesión actual, el desempleo y el endeudamiento seguirán agravándose.

De nada sirven los pronósticos, metas y objetivos a alcanzar que se fijan las autoridades, no sólo del gobierno sino también de los organismos internacionales de crédito. Si no hay ajustes en los gastos y aumentos en los recursos por falta de un
sostenido crecimiento, y si se agotan las posibilidades de endeudamiento, tanto en el país como en el extranjero se habrá creado un verdadero nudo gordiano que ata al país y le impide salir adelante. Queda por ver cómo podrá cortarse ese nudo.

Correlación

La crisis económica ante-riormente descripta tiene una estrecha correlación con la política interna del país. Esta situación llevó al reemplazo de José Luis Machinea sin que nadie haya explicado las causas de esa determinación. Su sucesor, Ricardo López Murphy, llamado a ocupar el cargo de ministro de Economía, duró sólo unos pocos días en ese cargo, creándose a su vez la necesidad de su reemplazo. Tampoco está claro por qué se lo hizo.

La situación fue resuelta mediante la designación de Domingo Cavallo en el ministerio, dándole plenos poderes para actuar. Cavallo aparece así ante el gran público como «salvador» de la situación que se había creado. Ello, añadido a la novedad política que implicaba su designación, los poderes que se le dieron y sus antecedentes cuando ocupó cargos similares hacen que la solución de la crisis y la marcha futura del país giren principalmente en torno de su acción.

No es posible cuando sólo han transcurrido breves días de esa designación formular un pronóstico acerca de lo que vendrá. Cabe sin embargo formular unos comentarios sobre las perspectivas futuras. Cavallo no tiene una posición doctrinaria definida. Actúa «pragmáticamente» según las circunstancias. De ahí que no sea posible anticipar qué hará.

El nuevo ministro comenzó por apartarse del programa esbozado por su antecesor, con el propósito de superar las resistencias políticas que éste había suscitado. Se dedicó principalmente a enfrentar la situación financiera tanto en el país como en el exterior, que encerraba el peligro de una verdadera cesación de pagos. Obtuvo del presidente de la República y del Congreso Nacional los plenos poderes ya citados y anticipó en líneas muy generales las medidas que piensa aplicar. Lo más destacado de estos primeros anticipos reside en que no ha hecho conocer al país la verdadera situación deficitaria en que vivimos.

No ha encarado la reducción de gastos que inevitablemente tendrá que hacer. Sí ha procedido a aumentar impuestos y ha señalado que ajustará el déficit a los 6.500 millones de dólares convenidos con el Fondo Monetario Internacional. Ha anticipado además el propósito de llevar a cabo «políticas activas» con vistas al crecimiento del país, prometiendo que para fin de este año ese crecimiento se elevará a más de 5 por ciento.

Ello, agregado a la crisis en el Banco Central y el proyecto de agregar el euro al dólar a los efectos de la paridad cambiaria, crea serias dudas e interrogantes. Pero ese tema no cabe dentro de la necesaria brevedad de este análisis. Pronto será necesario, sin embargo, examinarlo en profundidad. El camino que estamos recorriendo no es socialista en el sentido clásico de la palabra ni keynesiano o neoliberal.
Pero definitivamente no es liberal. Ello es lamentable por cuanto ya no hay espacio para seguir realizando experiencias «pragmáticas» como las que han llevado al país a la crisis actual y sólo la filosofía liberal puede resolverla.

Los dirigentes y partidos políticos se mantienen al margen de los acontecimientos señalados. Toda su actuación se reduce a luchas internas para lograr «espacios de poder» y a negociar candidaturas con vistas a las elecciones de 2001. No se debaten ideas ni planes de gobierno. Ninguna solución alternativa se vislumbra a través de la acción política. En ese sentido el país está realmente navegando a la deriva.

No es mi propósito «dramatizar» la situación existente, pero creo que ésta es la más delicada de las que hemos vivido durante las últimas décadas. Ha habido ciertamente episodios más agudos, pero pudimos de una u otra manera controlarlos. La situación actual es distinta: encierra daños y peligros trascendentes. La salida de ella requerirá firmeza y un sostenido esfuerzo a lo largo de un tiempo considerable.


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