En pleno Mundial de Alemania, el presidente Néstor Kirchner llegará a Madrid el 21 de este mes. Siempre despierta expectativa un viaje de estas características a España por la situación -lejos de resolverse aún- que atraviesan empresas de ese país. Los temas en discusión sobran: van desde petróleo, tarifas de luz y gas hasta la situación de Aerolíneas Argentinas.
Como siempre sucede, no faltarán anuncios de inversiones, un tema que desvela al gobierno y que también se halla lejos de resolverse. Ya en España, suficientes complicaciones generóla nacionalización de empresas dispuesta por el presidente de Bolivia, Evo Morales, como para sumar con la Argentina una nueva amenaza.
Por ello es que se descuenta que desde la administración de Rodríguez Zapatero evitarán generar cualquier hipótesis de conflicto. Habrá promesas del lado argentino sobre el alza de tarifas, como ya las hubo en el viaje anterior, lo que no significa que se cumplan al retornar a Buenos Aires.
Si hay individuos que, por sus características de personalidad, son capaces de enloquecer a los diplomáticos, Néstor Kirchner es uno de ellos. A los de la Argentina y también a los de España. Entre unos y otros deben organizar la visita que el Presidente realizará el próximo 21 a Madrid. Pero todavía ignoran el carácter de la visita, es decir, si será «de Estado» u «oficial». Para el común de los mortales, las cosas «de Estado» son «oficiales». No es lo mismo para las relaciones internacionales. La diferencia puede ser tan grande que Kirchner, en manos de quien está la decisión, todavía no eligió el formato de su gira. Las razones son de diversa índole: superficiales y de las otras.
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La visita de «Estado» es la de mayor solemnidad y jerarquía que puede realizar un mandatario a otro país. Se extiende no sólo al Poder Ejecutivo del anfitrión: también contempla una presentación ante el Congreso, una ceremonia en la sede del alcalde de la capital del país y una cena de gala en algún palacio lujoso. Además, hay que prever un encuentro con el empresariado y también una reunión de los gabinetes de los dos gobiernos. Los compromisos, como se ve, pueden ser extenuantes.
La visita «oficial», en cambio, es menos glamorosa y exigente: se agota en una reunión con el jefe de la administración del país al que se acude y, por razones de buena vecindad, una comida que puede cambiarse por un almuerzo. El resto, agenda abierta.
Kirchner sigue deshojando la margarita sobre el tipo de viaje que le gustaría realizar. Hay « detalles» de la visita de Estado que lo incomodan. Por ejemplo, cuando apuró a sus amigos españoles para que lo inviten en junio, no tuvo en cuenta que es el mes del Mundial. Acaso tengan razón quienes dicen que en el santacruceño el único interés dominante es la política y que la militancia en Racing tiene más que ver con la aspiración a intervenir en la vida institucional del club que con una pasión deportiva. Lo cierto es que el Presidente advirtió ahora que el 21, en Francfort, la Selección argentina se enfrentará con la de Holanda, acaso uno de los duelos más interesantes de toda la Copa. Por estas horas los encargados del ceremonial del viaje buscan blancos en el calendario para que la comitiva argentina pueda estar frente a un televisor en vez de asistir a reuniones burocráticas ese martes a las 11.
Etiqueta
Habrá que superar otra barrera para que la presencia de Kirchner en Madrid tenga la máxima jerarquía: un hombre que se resiste a abrochar su saco cruzado, jamás « descendería» al frac. Claro, ésa es la etiqueta que exige el protocolo monárquico para las galas que ofrece Su Majestad: allí lo de «pingüino» se toma en sentido literal. ¿Será tanto el afán de José Luis Rodríguez Zapatero por halagar a su colega argentino como para sugerir que se modifique esa indumentaria para el ritual en lo de don Juan Carlos I? La respuesta podría ser positiva, aunque resulte inverosímil. Por lo tanto, ya a esta altura, hay que hacerse una pregunta más general e importante: ¿cuál es la gravitación que le concede hoy el gobierno socialista de España a la presencia de Kirchner en el país?
Para despejar ese interrogante debe tomarse conciencia de la peripecia que enfrentan las inversiones españolas en Sudamérica: lo que se imaginaba en los 80 como una serena internacionalización del capitalismo ibérico, capaz de abrir en ultramar los mercadosque tal vez se perdían por el mismo proceso de la unificación de Europa, muestra ahora síntomas convulsivos. La mayor parte de las sociedades latinoamericanas ha girado hacia el populismo. Los gobiernos, sucesores en general de clases políticas tradicionales que se derrumbaron, tienen rasgos demagógicos, casi siempre nacionalistas y adversos al capital extranjero, sobre todo si es privado. En este contexto la estabilidad política es un activo cada vez más apreciado. Hugo Chávez inspira nacionalizaciones energéticas y ejerce un protectorado sobre Bolivia que tiene como sumo sacerdote al decadente Fidel Castro. Para evitar ese cuadro, Perú debió resignarse a Alan García. Lula, que prometía liderar una izquierda modernizada terminó herido en un ala con el escándalo del «mensalao»: aunque gane la elección de octubre, como se presume sucederá, nada garantiza que supere la crisis que se abrió bajo sus pies. Chile sigue siendo una isla: pequeña, como casi siempre son las islas. Frente a este cuadro, es más fácil suponer que Zapatero se vea «condenado a Kirchner».
Desde esta perspectiva, contar con una cooperación del argentino en la exhibición de un discurso racional, capaz de mostrar un horizonte y de garantizar alguna previsibilidad de mediano plazo es una operación importante para el gobierno español. Aquí es donde se explica que, más allá de lo fastidiosa que pueda ser para Kirchner, para su anfitrión es importante que la del 21 sea una visita «de Estado». Zapatero pretende que su invitado concurra al Congreso y a las cámaras empresarias, los dos núcleos desde donde se impugna duramente su política. Tanto el Partido Popular como un sector del empresariado ligado a ese partido vienen culpando a la estrategia exterior del gobierno por los avatares que sufren las empresas españolas en el Nuevo Mundo. En esta encrucijada, es posible que al premier socialista le resulte más que útil mostrar que Kirchner no es Chávez ni Evo Morales. No está tan claro en Europa.
¿Pueden cruzarse estos interesescon los de Kirchner? En las principales sedes oficiales de Madrid creen que sí. Observan allí que una colaboración política con Zapatero podría quitarle a la visita el toma y daca empresarial que siempre se espera del trato con los argentinos. En otras palabras: Kirchner podrá conceder algún aumento de tarifas para Gas Natural BAN (la primera empresa en retirar sus demandas del CIADI), prometer lo mismo para el sector de la distribución eléctrica en una fecha cercana, terminar de convenir reglas de juego estables para Aerolíneas Argentinas (¿también reemplazar al secretario Ricardo Cirielli?) y pocas cosas más. A cambio, claro, volverá a escuchar más compromisos de inversión por parte de Repsol YPF. Ahora el vínculo volvió a ser idílico.
La presentación de Kirchner ante los sectores más críticos de Zapatero en Madrid no sólo serviría para aliviar el precio del ticket, es decir, para hacer más tolerables los incumplimientos de viejas promesas ( postergaciones que van volviendo cada día más antipática la imagen de Julio De Vido en el empresariado español). También podría tener un efecto sobre la polémica local. La aparición de Roberto Lavagna en el escenario de 2007 tal vez no amenace tanto al Presidente desde el punto de vista electoral como estético. También desde ese ángulo está desafiado el actual elenco oficialista, caracterizado por el ex ministro como una comparsa local asociada a la «patota venezolana». Tal vez Kirchner pueda impedir lo que se creía imposible: es decir, que Lavagna y el lejano PP terminen coincidiendo.
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