b) la reversión (por cierto, suave) del presente proceso de creciente desconfianza;
c) la eficiencia de la segura reestructuración del sistema financiero argentino.
Respecto de la «viabilidad macroeconómica», la resolución del «corralito-corralón financiero» tendría que impedir que el actual «goteo» de los depósitos se transforme en «chorro», o que resulte (la pérdida) interminable. Los bancos, en la actualidad, no tienen liquidez para devolver depósitos, el «goteo», hoy, «es» emisión espuria de dinero, y el público ya no desea tener más billetes y monedas (en pesos) dentro de sus bolsillos; por lo tanto, son elevados tanto el riesgo de devaluación como el riesgo inflacionario. Después del «corralito» (versión Cavallo), vinieron la pesificación y el alargamiento de plazos de los depósitos bancarios, todas medidas dispuestas con carácter obligatorio. Todo esto destrozó la confianza de los ahorristas, luego la reconciliación de los inversores con el sistema financiero demandará muchísimo tiempo. Sin embargo, el reordenamiento financiero debería canjear (en la medida de lo posible) compulsividad por libertad de elección (lamentablemente acotada), para así empezar, de a poco, a revertir la tremenda desconfianza acumulada por los depositantes.
Con un mercado financiero «híper reducido» (la crisis bancaria actual es muchas veces la del tequila), la depuración del sistema es un dato. Es de esperar, entonces, que la reestructuración opere de modo eficaz, quedando en el país los mejores bancos. Ahora bien, del análisis del reciente decreto de regularización financiera, se desprenden aspectos positivos, queda flotando una duda muy importante (¿existe programa monetario?) y falta encarar la liberación del «corralito financiero» sin trauma económico.
Entre las medidas satisfactorias del decreto, sobresale el menú de opciones que se le ofrece al ahorrista, abandonando la fuerte «compulsividad» con que se lo venía sometiendo. No sólo los inversores de plazo fijo «reprogramados» podrán elegir bonos, también los titulares de depósitos a la vista (cuentas corrientes y cajas de ahorro) podrán licitar bonos de plazo más corto con tipos de cambio mucho más accesibles que el actual dólar de mercado. Además se crea un nuevo mercado financiero (con depósitos a la vista y a plazo) con varias opciones (por moneda) y con libre disponibilidad de los instrumentos de inversión; el que difícilmente tenga aceptación generalizada por largo plazo, dada la enorme desconfianza acumulada en tan poco tiempo. Sin embargo, más allá de la buena intención de reducir la compulsividad ejercida sobre los ahorristas, a primera vista parece que las opciones (riesgo privado versus riesgo público) no son equitativas, puesto que la duración promedio de los plazos fijos reprogramados es menor que el plazo medio de los bonos. Por otro lado, aun después de sancionado el decreto, queda una peligrosa duda respecto del dinero del «corralón» financiero. No se sabe cuánto del mismo (en la actualidad, plazo fijo reprogramado) se liberará por emisión espuria de moneda o cuanto se transformará en dinero de «corralito financiero». En el primer caso el presente goteo se transformaría en chorro, en tanto que si se transfiere dinero del «corralón» al «corralito financiero» el «goteo» sería interminable. En ambos casos está claro que la dinámica monetaria sería en extremo perversa, dando lugar a una inestabilidad continua del tipo de cambio y creciendo considerablemente la probabilidad del escenario hiperinflacionario. En el presente, el dinero transaccional (circulante en poder del público y depósitos a la vista) supera los 40.000 millones de pesos, contra tan sólo 10.000 millones de dólares en cartera del Banco Central de la República Argentina. Habrá que tener mucho cuidado con las facilidades transaccionales (v.g: autos nuevos, construcción de casas, etc.) que se les den a los bonos, resultando por demás riesgosa la priorización que se pueda hacer de la reactivación por sobre la estabilización económica. Un tema que preocupa bastante es que la «segura» reestructuración del sistema financiero no se produzca caóticamente y hasta con incentivos perversos, tales como la política de redescuentos (tratamiento preferencial a los bancos nacionales respecto de los extranjeros) o el reciente menú de opciones de inversión, que podría tener en la práctica un efecto distinto al buscado, al tener plazos promedios de vida diferentes los bonos en relación con los depósitos a plazo reprogramados.
La reestructuración financiera, por cierto inevitable, se encuentra ausente en el Decreto Nº 905/02; ni se define el nuevo modelo de banca que operará en la Argentina, ni se establece un «objetivo» sistema de evaluación (con premios y castigos) de las entidades financieras que operan en el país.
Ya hemos alertado, en el presente artículo, acerca del enorme riesgo macroeconómico que implicaría la liberación de todo el «corralito» y de parte del «corralón financiero», a través del simple trámite de emitir (desde el Banco Central) moneda, sin respaldo. De ahora en más, la definición de un Programa Monetario con una meta cuantitativa de crédito interno debería limitar el goteo, los amparos y las facilidades transaccionales de los nuevos bonos BODEN; y no al revés, como lamentablemente está sucediendo.
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