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22 de octubre 2008 - 00:00

Puritanismo de EE.UU. contra pecado francés

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François Mitterrand
La opinión pública francesa -calificada y no- esunánime: Dominique Strauss-Kahn, el director gerente del FMI investigado por presunto favoritismo hacia una ex amante, es una víctima. Pero ¿de qué? Allí las opiniones divergen: para unos, de un complot; para otros, de un choque de culturas.

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Este ex ministro de Economía francés (1997-1999, bajo la presidencia del socialista Lionel Jospin) goza, a sus 59 años, de una alta imagen positiva en su país. Una encuesta encargada en estos días por el diario «Le Figaro» arrojó como resultado que, para sus compatriotas, después del presidente Nicolas Sarkozy, Strauss-Kahn es el político mejor colocado para administrar la crisis mundial. Designado al frente del FMI en 2007, la crisis financiera mundial, al devolverle protagonismo a esa entidad, parecía constituir para DSK, como lo llaman, un trampolín inmejorable para alcanzar, en un futuro mediato, la candidatura presidencial por el Partido Socialista.

«En el desarrollo de esta crisis, Strauss-Kahn demostró ser el hombre de la situación», lo defendió el ministro francés de Consumo y vocero del gobierno, Luc Chatel. Más directo fue Jean-Christophe Cambadélis, diputado socialista: «Acá hay gato encerrado.

Este es un incidente de tremenda banalidad y se lo quiere convertir en un gran escándalo político». Un colega de bancada se sumó a la sospecha, atribuyendo el caso a las ideas de DSK «sobre la regulación del mundo financiero (que) pueden justificar el deseo de desestabilizarlo».

  • Ensañamiento

  • Es cierto que el «Wall Street Journal» parece haberse ensañado con él: tras dar cuenta de una primera investigación interna -confirmada por el FMI-, reportó una segunda -desmentida-, en este caso por favoritismo hacia una joven pasante -otra vez la palabra maldita-.

    En la comedia dramática de James Ivory «Divorcio a la francesa» (2003), la protagonista (Kate Hudson) es una incauta joven estadounidense que viaja a París para asistir a su hermana en trance de divorcio y cae en las garras de un hombre maduro y casado, seductor empedernido (Thierry Lhermitte), que colecciona conquistas como estampillas. Los estereotipos del film son burdos en exceso, pero traducen la imagen que la Norteamérica cuáquera tiene de la moral francesa.

    El domingo pasado, bajo el título «Peligroso encuentro de un seductor con la América puritana», el «Journal du Dimanche» reportó que, al momento de la llegada de Strauss-Kahn a Washington, algunos amigos que lo conocían bien, temieron que algo así le sucedería. Hoy murmuran, «lo dijimos». En fin, que al hombre lo precedió la fama. La suya propia y la de todos los franceses.

    Las reacciones a uno y otro lado del Atlántico confirmarían la tesis «sexoantropológica» de un choque de culturas. A diferencia de lo que sucede en Estados Unidos, difícilmente un escándalo de polleras le cueste la carrera a un político francés. Muy por el contrario. En este caso, la propia esposa del infractor salió a disculparlo, minimizando el hecho («historia de una noche», dijo).

    En el año 2001, al pedir la renuncia de un colega adúltero, el entonces jefe de la bancada republicana del Senado estadounidense Trent Lott, sentenció: «La infidelidad es inaceptable, particularmente en un funcionario electo».

    Semejante inquisición sexual sería inadmisible en Francia, país que durante 14 años fue presidido por un hombre -François Mitterrand- que tenía dos familias, hecho que él mismo reveló hacia el fin de su mandato sin por ello perder imagen.

    Es por eso que la saña con la cual cierta prensa estadounidense husmea en los asuntos de faldas de sus políticos deja atónitos a los franceses que de inmediato cierran filas en torno a los «pecadores».

    En un foro de la revista «L'Express», podían leerse las siguientes opiniones sobre el escándalo DSK: «Es su vida privada y nada tiene que ver con sus competencias»; «le puede pasar a cualquiera»; «no hay por qué hacer tanta alharaca»; «huele a maquinación para sacarlo del medio».

    Y, burlándose de la obsesión puritana de los estadounidenses, un internauta califica el caso como una persecución de los «anglo-sexons».

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