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18 de marzo 2008 - 00:00

Señal al mercado: superávit de febrero llegó a $ 3.000 M

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Martín Redrado
En medio de la debacle financiera que afecta a Wall Street, el gobierno prepara otro anuncio destinado a demostrar que «aquí no pasa nada». Se trata del superávit fiscal de febrero, que se acercaría a $ 3.000 millones (unos $ 1.000 millones más que el año anterior), consolidando la idea de una posición de caja sólida y que no precisa recurrir al financiamiento de los mercados.

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Las previsiones sobre el nivel del excedente que conseguiría el gobierno en sus cuentas públicas varían, pero la coincidencia de economistas del sector privado es que sería casi el doble del año pasado: no menos de 4% del PBI contra 2,2% real de 2007 (se descuenta el efecto de los ingresos extraordinarios y por única vez de la reforma previsional). Implica no menos de $ 40.000 millones que se utilizarán para pagar los intereses y buena parte de los vencimientos de capital de la deuda que se registren durante el año. Ni más ni menos que la reedición del « Vivir por lo nuestro» que en los 70 puso de moda Aldo Ferrer y que luego reeditó Eduardo Duhalde en 2002, junto con la UIA.

  • Justificación

  • Desde la Casa Rosada justifican la voracidad fiscal (en especial, tras el polémico ajuste de retenciones a la soja definido la semana pasada) en la necesidad de estar lo más cubierto posible ante la crisis externa. Ese objetivo está al menos parcialmente logrado: nadie hoy especula con un posible estrés para el país por la falta de acceso a los mercados. Por supuesto, para los productores agropecuarios, resulta un argumento irritante.

    Los altos precios de las materias primas (más allá de la caída de las últimas jornadas) representa un reaseguro, aunque el costo es la importación de inflación que requiere el otorgamiento de mayores subsidios para ponerle coto al precio de los alimentos.

    En el primer trimestre del año se nota con claridad la estrategia oficial: el Tesoro ya lleva comprados más de 1.700 millones, que se aplicaron puntillosamente a pagar los intereses de títulos como el BODEN 2012 (fueron casi u$s 1.000 millones en febrero) o cancelar deuda con el BID y el Banco Mundial. Eso sí, no hay anuncios oficiales sobre estos movimientos.

    Además del nerviosismo generalizado de los inversores del mundo, a la Argentina le juega especialmente en contra la manipulación de los datos de inflación. La comunidad inversoralo considera un «segundo default», luego del sucedido en 2001, y por eso hay un castigo especial sobre los bonos argentinos. Dificulta aún más, por supuesto, la posibilidad de recuperar acceso a dinero fresco en los mercados.

    La solvencia fiscal, que por el momento no corre peligro pese a que el gasto continúa aumentando por encima de 35% en términos anuales, se complementa con el récord de reservas del Banco Central. «Las reservas no pueden ser vistas como un ahorro que se gasta cuando hace falta. Hay que considerarlas como un reaseguro que tiene el Estado argentino para hacer frente a las crisis», enfatizan desde la entidad que preside Martín Redrado. No quieren ni oír hablar de utilizar parte de las divisas para otras cuestiones, que van desde necesidades sociales hasta cancelar la deuda con el Club de París. No se optará por alternativa alguna mientras continúe la turbulencia internacional.

    Nadie tiene una respuesta respecto de la profundidad que tendría esta crisis financiera, y ahora también económica, en Wall Street. Pero las discusiones en el ámbito académico pasan ya no por el nivel de la baja de tasas por parte de Ben Bernanke, el titular de la Reserva Federal, sino por el momento en que éstas empezarán a subir.

    El consenso es que la economía norteamericana ya está virtualmente en recesión, pero con las agresivas políticas de reducción de tasas (mañana bajarían de 3% tal vez a 2%) y fuertes inyecciones de liquidez, las autoridades conseguirán suavizarla. Hacia el último trimestre de 2008, las cifras deberían mostrar la salida de este ciclo negativo.

    Si todo se da de acuerdo con este escenario (probablemente, el más benigno), está por verse de qué manera la Fed evita que se forme otra burbuja como provocó la tasa a 1% en los primeros años de este siglo en los Estados Unidos, durante la gestión de Alan Greenspan. Quienes observan el recorrido de la crisis «subprime» consideran que fue esta reducción de tasas tan agresiva (y mantenerlas allí durante demasiado tiempo) lo que engendró la especulación alrededor de los inmuebles y los productos financieros derivados de créditos hipotecarios a consumidores que no calificaban.

    Claro que la recuperación de esta aguda crisis del sector financiero aún parece demasiado lejana, mientras nadie tiene todavía muy claro cuánta pérdida les queda por blanquear a los principales bancos del mundo.

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