Esta porosidad oficial para no controlar los conflictos y, además, autorizar incrementos peligrosos, inquieta al Ministerio de Economía, por no hablar de los empresarios. Pero, claro, éstos disponen de experiencia y ductilidad para adaptarse a la inflación, lo que no es transmisible al gobierno ni a Roberto Lavagna. Es en esa cartera donde comienzan a presentarse dudas sobre la real capacidad oficial para enfrentar planteos, porque se reconoce que ciertamente Kirchner pudo amortiguar o convencer a los piqueteros (nadie pretenderá conocer la cantidad de argumentos) en la etapa previa a las elecciones, pero en cambio parece impotente para sujetar a los sindicalistas, incluyendo a los que se proclaman como más amigos.
Algo semejante ocurrió con los políticos del Congreso de la Nación, con los legisladores que últimamente se le pusieron de punta. Lo curioso es que las encuestas señalan como corruptos a los sindicalistas y a los dirigentes políticos, mientras imaginan como incorruptibles a los dirigentes piqueteros. El tema, sin embargo, no es la existencia de la Banelco para un sector u otro, sino una progresión del avance sindical que amenaza la estabilidad económica.
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