Quinto aniversario de un hecho que no tiene nada para celebrar. No es que lo ocurrido desde entonces fuese todo malo para los EE.UU. o para el mundo (sólo un psicópata puede pensar de esta manera), pero tal vez lo mejor sea recordar y pensar en cómo hacer (cada uno de nosotros) para que las cosas sean mejores y no se vuelvan a repetir.
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En lo que nos atañe y aunque haya sido doloroso ( ninguna industria, ni siquiera el periodismo, fue tan afectada por los ataques terroristas del 9/11 como la bursátil y bancaria), el mero reconocimiento de que ni el país más poderoso del mundo ni su capital financiera son tan "invulnerables" como algunos presumían es indubitablemente positivo (lo malo no es tener que incorporar/ pagar una prima de riesgo en los precios; lo malo es no saber que hay que hacerlo). Y si se quiere también es un homenaje: el de reconocer nuestras flaquezas y acatar con un poco más de humildad eso que se define como "la realidad".
Bueno, basta de recuerdos y vamos a lo que nos toca. Como un yoyó, el mercado ha estado subiendo y bajando alternativamente durante las últimas semanas sin más motivos que el cambio de humor de los inversores.
Así el Dow, luego de 1,6% de suba que acumuló siete días atrás, retrocedió 0,63% en la última semana (la rueda del viernes, cuando el Promedio Industrial ganó 0,54% hasta 11.392,11 puntos, permitió acotar la baja), sin muchos más argumentos que los relacionados con la situación inmobiliaria (sigue siendo notable el bajo volumen negociado). Aunque es cierto que este frente (el inmobiliario) no está de parabienes, la verdad es que cuesta pensar que lo que se está viendo sorprenda a alguien y explique las bajas, máxime cuando la tasa de 10 años apenas si marcó una suba de 5 puntos básicos a 4,78 por ciento anual, el precio del petróleo se desplomó a u$s 66,25 por barril, y el dólar sigue ganando terreno frente a la moneda europea (quedó en u$s 1,2671 por euro y ¥ 116,9.
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