La Argentina es todavía una economía relativamente cerrada. El porcentaje de exportaciones sobre PBI es inferior al de la mayoría de los emergentes asiáticos y de Europa del Este.
Las exportaciones argentinas se ubicarán este año cerca de los u$s 44.000 millones, un nivel récord. Pero al evaluar su relevancia dentro del PBI, es evidente que el país todavía tiene una estructura económica cerrada en comparación con el promedio mundial.
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En 2005, las exportaciones fueron u$s 40.013 millones, lo que representó alrededor de 22% del PBI. Este año, con una suba estimada de 10% en los envíos al exterior, y de 7,5% en el PBI, es de esperar que esta proporción se expanda.
Sin embargo, el coeficiente es todavía bajo comparado con la situación internacional. Los «tigres y dragones» asiáticos, que fundamentaron su estrategia de desarrollo en su vinculación con los flujos de comercio externo, evidencian ratios de exportaciones sobre PBI por encima de 50%, llegando en los casos más extremos, de Singapur y Hong Kong, a valores que superan 150%. En tanto, los países del este europeo, de un destacado desarrollo económico reciente, también superan a la Argentina.
La Argentina es un país que tiene una orientación externa limitada, reflejada en su bajo nivel de exportaciones e importaciones en relación con el PBI. El dato no es necesariamente malo, ya que existen países de notable nivel de desarrollo donde el grueso de la actividad económica pasa por el mercado interno. Por caso, la relevancia de las exportaciones de los Estados Unidos sobre la economía de su país es menor a 10%.
De Latinoamérica, México, Venezuela y Chile tienen una mayor orientación externa que la Argentina. México, debido a su simbiosis con la economía de los Estados Unidos a través del NAFTA; Venezuela por la importancia de sus exportaciones de petróleo, y Chile como fruto de decisiones de política económica con el objetivo de conseguir una economía orientada a las exportaciones. En cambio, Brasil, Colombia y Perú poseen coeficientes cercanos a 20%.
Tener una profunda orientación exterior no es una necesidad para alcanzar el desarrollo. No obstante, el comercio internacional y la competencia son un fuerza dinamizadora de la economía, ya que los países que compiten en el mundo no pueden darse el lujo de considerar a los aumentos de productividad como algo secundario. El crecimiento económico en el largo plazo y la apertura comercial son dos procesos que van generalmente de la mano.
La Argentina mantuvo por décadas su economía poco vinculada al comercio internacional, perdiendo relevancia en el orden mundial e incluso en el regional. En la década de los noventa se intentó un cambio que quedó trunco. La apertura a la competencia, crisis mediante, fue quedando relegada. Hoy, en tanto, la política comercial discurre en la contradicción: se mantiene un tipo de cambio depreciado, para impulsar las exportaciones, que a su vez se desincentivan mediante retenciones. Sucede que la estrategia comercial está supeditada al frente fiscal y a la administración de la inflación. Pero el tratamiento no es el más apropiado. Al desconectarse del comercio mundial, mediante retenciones y aranceles, se paga un costo en incentivos a los aumentos de productividad que no debería obviarse, máxime cuando los problemas que se tratan mediante las retenciones tienen su remedio adecuado en la mesura y racionalidad en el manejo de los ingresos y el gasto, y en un manejo monetario en el que la inflación sea una variable central.
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