- ámbito
- Edición Impresa
“Acá fabricamos santos como Estados Unidos superhéroes”
Saidon: «Me gusta cambiar de objetos y de géneros. Lo que más me cuesta es quedarme en una misma línea. Lo considero un defecto».
Fruto de esas experiencias es el «road book», que publicó Tusquets, «Santos ruteros», donde crónica y literatura se mezclan constantemente. Gabriela Saidon es Licenciada en Letras (UBA), periodista, y ha publicado la investigación biográfica «La montonera» y las novelas «Qué pasó con todos nosotros» y «Cautivas». Dialogamos con ella.
Periodista: Ha pasado por los géneros más diversos. ¿A qué se debe ese tránsito?
Hubiera sido más fácil, por caso, seguir con temas de los setenta. Pero, no. Creo que la voluntad de cambiar tiene que ver con la personalidad de uno. Yo de los lugares que transité -la investigación biográfica, la novela tradicional, la novela histórica- después necesito alejarme. La crónica era un género pendiente. Para el periodista es uno de los mayores desafíos. Necesitaba sacarme las ganas de la crónica de viaje, del «road book», el contar el viaje sin que el viaje sea el centro del relato. «Santos ruteros» es un proyecto adquirido más que innato. Tiene que ver con experiencias en rutas de nuestro país, y con un marido que se hizo devoto del Gauchito Gil, con lo que tenía a mi devoto de bolsillo como para palpar de cerca ceremonias de veneración.
P.: Si bien tanto el Gauchito Gil como la Difunta Correa tienen el centro de su culto en las provincias de Corrientes y de San Juan, respectivamente, desde hace un tiempo sus altarcitos han entrado en las ciudades.
G.S.: Ese es un hecho bastante particular. No se ven altares de otros santos profanos en la cantidad en que se ven del Gauchito Gil. En la Ciudad de Buenos Aires hay un montón de plazas donde se lo ve. He visto nichos dedicados a él en la Plaza los Andes en Chacarita, en la Boca, cerca del Albergue Warnes, uno con muchas banderas en San Martín y Chorroarín, en la zona de Agronomía, por mencionar algunos. Y se ve gente que se acerca y lo toca, le pone un papelito con un pedido, le deja un cigarrillo y se va. Entró en una subcultura ciudadana.
P.: ¿Cómo dos personajes de mitos rurales han entrando al mundo urbano y posmoderno?
G.S.: Es algo raro, sincrético cultural. Acaso podría verse como un emergente de un proceso de latinoamericanización. En un momento del libro digo que nosotros fabricamos santos, como Estados Unidos superhéroes. Creo que por nuestra historia, por las características de la conquista, la colonización, el tipo de inmigración, somos un país fabricante de santos. Nos gustan los santos y nos aferramos a ellos, sobre todo la gran mayoría unida al catolicismo. La mayor cantidad de devotos de santos populares son católicos. Aunque no sean de ir a misa o estén peleados con la institución Iglesia se identifican como católicos. Los cristianos evangélicos, para tomar un caso de algo que ha crecido en difusión, no acepta a los santos. Los santos populares son como una rebelión subterránea dentro del catolicismo. El sincretismo se ve a cada rato. El otro día iba con un taxista que tenía una imagen de San Jorge, y cuando pasamos por un altarcito al Gauchito Gil le tocó bocina, que es la forma de saludarlo, aunque me dijo que no era devoto.
P.: Aunque usted es porteña, tanto su novela «Cautivas» como «Santos ruteros» tienen que ver con Corrientes.
G.S.: Tengo cariño por esa provincia donde tengo amigos. Cuando me invitaron a presentar mi primer libro establecí amistad con gente que me fue enterando de cosas con interés narrativo o investigativo como el tema de las cautivas o del Gauchito Gil. Es que allí hay suma de tradiciones, de leyendas, del guaraní.
P.: ¿Eso le hizo ver la diferencia con el mundo católico sanjuanino de la Difunta Correa?
G.S.: La Difunta Correa que es la santa popular que trascendió las fronteras de la zona de Cuyo, y si bien tiene una fuerte ligazón con el catolicismo, su leyenda tiene que ver con los pueblos originarios. Deolinda Correa sale al desierto en busca de su marido capturado por las tropas de un caudillo, no lo encuentra, lleva a su hijo en brazos, se le acaban los víveres y muere de sed, pero antes se encomienda a la Virgen del Carmen, y ya muerta no deja de dar de mamar a su bebé hasta que es salvado. Su culto atrae casi un millón de personas cada año a la gruta de Vallecito, donde se dice que murió, y donde hay su figura en tamaño natural con su hijo sobre el pecho.
P.: ¿Cómo descubre la competencia devocional entre la Difunta Correa y el Gauchito Gil?
G.S.: Viajando bastante por las rutas y observando cómo de una forma prepotente el Gauchito Gil se iba encimando, reemplazando, instalándose al lado o en frente de la Difunta, en los altares ruteros. Vi cómo eso iba creciendo aun en las zonas que eran jurisdicción de la Difunta. Deolinda Correa murió entre 1830 y 1840, y Antonio Gil en mil ochocientos setenta y tantos. La representación de ambos es bien diferente. La Difunta Correa está acostada, con el pelo suelto, el vestido rojo y el bebé, es «la que da vida después de la muerte». Su culto tuvo mucha fuerza en los setenta. El Gauchito Gil está de pie, con algo muy vital en los colores, en su postura, es como si la estuviera peleando, acaso eso lo pone junto a santos guerreros como San Cayetano, San Jorge o San Expedito.
P.: ¿Buscó hacer literatura al dar la palabra a promesantes?
G.S.: Me fascina la creatividad de la gente. El promesante es fiel al culto tal cual el culto indica, pero hay bastante libertad. Se le deja vino, cigarrillos. Si se le deja un atado cerrado es porque se quiere dejar de fumar, si se le da uno encendido, es porque a él le gusta fumar. Los tetrabriks no existían en el siglo XIX, pero el vino se supone que le tenía que gustar a Gil. Cada devoto va sumando algo al culto. Ahí hay otra diferencia. En Vallecito, lugar de la Difunta Correa, los promesantes dejan de todo, hay galpones repletos de cosas. Los vestidos de novia, de madrina, de quince años, que se le han dejado a la Difunta se alquilan. Eso es algo nuevo. Al Gaucho, en su lugar de degüello, a ocho kilómetros de Mercedes, en Corrientes, la gente también deja mucho, quizá no tanta variedad. Allí todo está muy identificado con el rojo, cintas, banderas. Ese escenario, esa gente que va a hacer un pedido o a agradecer favores concedidos, me hacían pasar de la crónica a la novela todo el tiempo. Me pasaba que al llegar a Mercedes entraba en una zona alucinada. ¿Cómo se puede contar si no es desde la literatura, de la narratividad expresiva, la fiesta que se hace cada 8 de enero, donde un universo de colores, chamamé y vino? ¿Cómo se hace para superar esas imágenes reales? ¿Cómo se trasmite lo que parece indecible? Si uno fuera cineasta deja la cámara y ya está, se entendió todo. El desafío era tratar de contar eso, intentar registrar algo del exceso de imágenes. Contar del ciclista que va pedaleando desde Buenos Aires para dejar su bicicleta, la viejita en silla de ruedas que tiene mucho para contar, el que le fue dado morir bailando en medio de la celebración y el que se curó bailando, el que cuenta apasionado que lo operó milagrosamente el Gaucho, los musiqueros que no paran más que para beber, tantas cosas. Antes de escribir el libro hablé con varios antropólogos, todos me repetían: abandoná toda idea preconcebida. Si se parte de un prejuicio, o de mi ateísmo, es imposible escuchar al otro y la actitud de empatía es imprescindible para poder acercarse, algo imprescindible en una crónica.
P.: ¿Ahora que está escribiendo?
G.S.: Estoy en el proceso inverso, al que le vengo escapando hace un montón. Estoy con una novela sobre un amor adolescente en los setenta. Lo que ocurre es que ahí entra a tallar mucho lo autobiográfico. El asunto es cómo despegarse de lo propio, cómo transformar los elementos de la autobiografía en ficción, cómo lo que vengo haciendo con los demás hacerlo conmigo misma. Estoy buscando modelos todo el tiempo. Leí «Emaus» una novela de Alessandro Baricco que me encantó, ahí está eso que busco. Ahora estoy con un clásico, algo que me gusta todavía más, el «Retrato de un artista cachorro» de Dylan Thomas, cuya genialidad es convertir su biografía de infancia y primera adolescencia en cuentos.
En ese mismo estante está el «Retrato del artista adolescente» de Joyce. Y también estoy con «La interpretación de los sueños» de Freud, porque la novela tiene que ver con la literatura, la dictadura, el rock y el psicoanálisis, que no es poco.
Entrevista de Máximo Soto


Dejá tu comentario