23 de febrero 2015 - 00:00

Adiós a Ronconi, italiano mayúsculo

Clásico y revolucionario, Luca Ronconi, con sus puestas que podían llegar a durar hasta más de un día, fue uno de los íconos culturales italianos de la segunda mitad del siglo XX.
Clásico y revolucionario, Luca Ronconi, con sus puestas que podían llegar a durar hasta más de un día, fue uno de los íconos culturales italianos de la segunda mitad del siglo XX.
Roma - Luca Ronconi, el más grande director de teatro italiano de la actualidad (y el más rebelde), murió el sábado por la noche de una bronco-pulmonía en un hospital de Milán. Ronconi era el hombre de los espectáculos imposibles, que duraban horas, y que respetaban a la letra los textos del teatro clásico, moderno y contemporáneo. El 8 de marzo hubiera cumplido 82 años. Enfermo desde hacía tiempo, Ronconi sabía que tenía los días contados, lo que no le impedía seguir creando espectáculos que ponían a dura prueba el físico de sus espectadores, pero que terminaban dándoles la impresión de haber asistido a un evento irrepetible.

La última prueba la dio con su espectáculo, un ciclópeo "Lehmann Trilogy" de cinco horas de duración, dividido en dos partes que podían verse juntas o por separado, inspirado en la célebre familia de banqueros judíos-alemanes cuya derrota provocó la crisis económica y financiera del 2008 que aún sigue haciendo sentir sus efectos. Un espectáculo premonitorio porque Ronconi había querido rodearse de sus actores más queridos, que lo seguían de obra en obra y de teatro a teatro, como Massimo De Francovich, Massimo Popolizio y Fabrizio Gifuni.

Ronconi había nacido como actor de cine en 1954, pero muy pronto se entregó completa y exclusivamente a su gran amor, el teatro.

Egresado en 1953 de la escuela de arte dramático Silvio D'Amico, de la que hasta lo último conservaba una impostación técnica y de emisión de voz que a veces impacientaba al público no italiano que no veía la necesidad de tanta artificiosidad de lenguaje, Ronconi había debutado como director de teatro en 1963 con "La buena esposa" de Carlo Goldoni. Pero fue con "Orlando Furioso", adaptado por Edoardo Sanguinetti del poema épico homónimo de Ludovico Ariosto, que en 1969 Ronconi se elevó a nivel de mito.

Estrenado en el Festival de los Dos Mundos de Spoleto, el espectáculo nacido para el aire libre interpretado por actores a caballo (de madera) creados por Pier Luigi Pizzi, recorrió las plazas de toda Europa y América.

Fue, junto con "1789" de Ariane Mnouchkine en París y el "Sueño de una noche de verano" de Peter Stein en Londres, la piedra fundamental del teatro contemporáneo de la segunda mitad del siglo XX, donde el espectador hacía su propio montaje de la obra paseando entre los actores. En 1975 Ronconi realizó con los mismos intérpretes (Massimo Foschi, Ottavia Piccolo, Mariangela Melato, Michele Placido, etc.) una versión cinematográfico-televisiva, rodada en ambientes pintados a fresco y los sótanos del Palacio Farnese de Caprarola, en cinco capítulos de una hora y media que fue el telefilm menos visto de la historia de la RAI, pero que hoy es un programa de culto, visto en todo el mundo. Desde 1988 pasaba de un teatro estable a otro de la península italiana, primero en Turín, luego en Roma (1994-1998) y finalmente en el más prestigioso de todos, el Piccolo de Milán, de 1999 hasta hoy.

Ronconi fue el único director teatral italiano que respetó la integridad del texto hasta la última coma y no le importaba si sus espectáculos duraban cuatro o cinco horas o se desarrollaban en varias veladas ("Los últimos días de la humanidad" de Karl Kraus, "Orestíada" de Esquilo, "Espectros" de Henryk Ibsen). Amaba también los espacios teatrales inéditos como las plazas de "Orlando Furioso" o el Lingote de Turín (un autódromo en varios pisos donde la Fiat de Turín probaba sus coches) para "Los últimos días de la humanidad".

Desde 1975 descubrió un nuevo terreno de excelencia: la ópera donde también se respeta el texto integral y donde podía explayarse a gusto con esa artificiosidad amanerada que era su firma más original. Su primer espectáculo fue "La Walkyria" de Richard Wagner, pero su prueba más importante fue la de poner en escena para el Rossini Opera Festival de Pesaro la primera representación de "Il viaggio a Reims" de Gioacchino Rossini, considerada perdida y luego exhibida, con su puesta, en todo el mundo.

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