Agridulce retrato de la vejez con buenos actores

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"Parque Lezama" de H.Gardner. Trad., Adap. y Dir.: J.J. Campanella. Int.: L. Brandoni, E. Blanco y elenco. Esc. y Vest.: C. Monti, Dis.Luces: F. Monti. (Teatro Liceo)

Los problemas de la vejez, acompañados de un idealismo a rajatabla, emergen con humor en este conmovedor retrato de dos ancianos que no encuentran su lugar en una sociedad violenta y materialista.

El mayor atractivo de esta pieza de Herb Gardner reside en los diálogos, chistes y gags del dúo protagónico, como el numerito de varieté "Yo no soy Rappaport" que da título a la pieza original, llevada al cine por el autor en 1996.

Juan José Campanella la adaptó a un contexto porteño con gran naturalidad (él mismo admitió que este material le sirvió de inspiración para su película "El hijo de la novia") y además contó con el valioso aporte de dos talentosos intérpretes acompañados por un gran elenco- que aportan credibilidad y ternura a las andanzas de esta insólita dupla.

El que lleva la batuta es León (Luis Brandoni), un viejo afiliado del partido comunista, pobre, solitario e inmaduro, que anda por la calle con ánimo justiciero y siempre se mete en problemas para desesperación de su hija. Por si fuera poco, tiene la manía de asumir diversas personalidades (abogado, policía, psiquiatra) para alcanzar sus objetivos.

También utiliza este recurso para darle un sentido épico a su vida y así compensar su condición de "don nadie"; para purgar su culpa por haber abandonado la militancia al casarse y para olvidar la amenaza de ir a vivir a un geriátrico o a la casa de su yerno al que detesta.

Como un Quijote con bastón, León arrastra en sus aventuras a otro octogenario, Antonio (Eduardo Blanco), un encargado de edificio con serios problemas de vista, gruñón, miedoso y cultor del "no te metás" que está a punto de ser despedido.

Juntos enfrentarán a un dealer, a un pibe chorro y otros peligros. Algunos episodios requerirían de una mayor condensación para optimizar el ritmo y desarrollo de la obra. Pero aun así, las dos horas de espectáculo se disfrutan sin esfuerzo, y en su mayor parte entre risas. Esto no impide que el tema de la ancianidad muestre su costado más duro en todos los planos: individual, familiar y social.

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