13 de julio 2009 - 00:00

Al rescate del arte destructivo en el Borges

Desde que abandonó la dirección de los museos Castagnino+macro de Rosario, el artista y en ocasiones también curador, Carlos Herrera, viene desarrollando múltiples actividades. En estos días presenta la exposición «Destructivo Arte», con los artistas rosarinos y porteños, Daniela Luna, Gastón Pérsico, Claudia del Río, Mauro Guzmán, Diego Melero, Roberto Conlazo, Miguel Mitlag, Alfonso Sierra, Rafael González Moreno, Lobo Velar, Sigismond de Vajay, Beatriz Vignoli, Alfio Demestre, Raúl Flores, Rosa Chancho, Adrián Villar Rojas, Manuel Ameztoy y Matías Duville.

La exhibición la abre el grupo Rosa Chancho, con su «Piano and the Western Union Band», un pianista invisible toca «The Entreteiner» de Scott Joplin. El concepto de la muestra gira en torno del movimiento «Arte destructivo» que al despuntar la década del 60 conformaron Kenneth Kemble, Enrique Barilari, Olga López, Jorge López Anaya, Jorge Roiger, Antonio Seguí, Silvia Torras y Luis Wells. La muestra que presentaron en la Galería Lirolay y que inspira la exhibición actual, data de 1961. En el catálogo, Kenneth Kemble (ideólogo del movimiento) escribió: «Se me ocurrió que sería interesante canalizar esta tendencia destructiva del hombre, esta agresividad, reprimida en la mayoría de los casos pero siempre pronta a explotar nocivamente, en una experiencia artísticamente inofensiva».

Aldo Pellegrini redacta los «Fundamentos de una estética de la destrucción», y observa: «Más profundas, más extensas que las de la construcción, son las leyes de la destrucción. Una lenta y solapada corriente de destrucción circula por la naturaleza que nos rodea, y toda esta tarea de destrucción confluye en la construcción de la vida (.) concediéndole su fuerza y su fragilidad, y esa magnífica calidad propia de lo efímero».

La explosiva «Welcome to Miami» de Luna, erótica y desprejuiciada, muestra el escenario donde transcurrió la acción, al estilo de un sonado premio que otorgó la Tate Gallery de Londres. Así, desde el frenético arrebato a la pudorosa contención, desde la exaltación de González Moreno a los deliciosos recortes de Manuel Amestoy, todas las obras están hechas con materiales que previamente fueron destruidos, aclara el curador. Frente al collage «Rosas en llamas en una urna de vidrio», de Vignoly observa que es una acumulación de diminutos restos, producto de una década de búsqueda, destrucción, quema y reconstrucción de papeles.

Es también a su modo una elegía plástica dedicada a Kenneth Kemble. Artista y escritora, Vignoly describe la obra de Villar Rojas: «Trata sobre la desesperada necesidad de armarse un sentido a partir de las astillas de un mundo que estalló». El mito apocalíptico posmoderno de un después del fin es crucial en Villar Rojas, quien no les hace asco a los lados B. Cada obra es kitsch a su modo, sin que esto le reste valor. Es el kitsch de lo sublime banal: dice lo inmanente del individuo de la masa, solo en el mundo y convencido de que todas las canciones de amor cuentan su historia».

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