Alcón hace un Beckett exquisito

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Instalado en una cochambrosa silla de ruedas con pretensiones de trono, Hamm controla su pequeño universo cotidiano tiranizando a su criado Clov ya sea con órdenes caprichosas, o requiriendo su atención cuando le urge contar algún chiste o recrear hasta el infinito cierto episodio de su pasado. El anciano es ciego y depende de su sirviente, tanto como éste depende de él. Ambos conviven en un sitio derruido, que funciona como hogar, refugio y prisión (desde una perspectiva más metafísica que real).

La angustia de vivir en un mundo carente de sentido, sin valores trascendentes y donde la única certeza que se tiene es la de haber nacido para morir, envuelve a los dos personajes. Sólo los padres de Hamm, desde sus respectivos tachos de basura (ambos han perdido las piernas) intentan, pese a sus pocas fuerzas, preservar una vida de pareja de la que sólo queda gestos vacíos, algunas muestras de afecto y el recuerdo de días mejores. Su hijo a dura penas los soporta y les desea la muerte, pero necesita de su presencia para ser escuchado. De la misma manera que esta obra requiere de un espectador atento y concentrado. Aunque abunda el juego teatral entre Hamm y Clov, las peripecias dramáticas de la pieza van por detrás de la inmensidad de este texto filosófico, poético, burlón y generador de múltiples lecturas.

A 20 años de haber estrenado esta misma obra en Andamio 90, Alfredo Alcón vuelve a reinar en el escenario con su exquisita voz que hace que el texto fluya como una música arrastrando consigo lo más sublime y detestable de la raza humana. Su Hamm recuerda más que nunca a "Rey Lear", pero atravesado por el absurdo y con una comicidad entre cínica y bufonesca.

Joaquín Furriel, en cambio, todavía parece estar concentrado en otorgarle a Clov la apariencia de un ser deforme y de pocas luces, sin activar del todo la relación de dependencia y rechazo que lo une a su amo. Graciela Araujo es una Nell lánguida y fantasmal y Roberto Castro convierte a Nagg en un viejito farsante pero muy simpático.

"Final de partida" es considerada, junto a "Esperando a Godot", entre las obras más logradas de Samuel Beckett. Su minimalismo escénico y su hora y media de intensas especulaciones, se ven compensados con ingeniosas réplicas, un humor corrosivo y una dinámica actoral enfocada hacia el juego y los pasos de comedia.

"Final de Partida", de Samuel Beckett. Dir.: A. Alcón. Int.: A. Alcón, J.Furriel, R.Castro y G.Araujo. Esc.: N.Laíno. Vest.: M.Liñeiro. Ilum.: G.Córdova. (Sala Casacuberta Teatro San Martín).

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