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Alto nivel de excelencia en “Espacio-Gravitación-Color”
Cuarenta y siete destacados artistas de diversas generaciones presentan 50 objetos artísticos cuya observación es cuestionadora, ¿siguen siendo esculturas? un problema aún muy presente a partir de Rosalind Krauss con su ya clásico texto clave «La escultura en el campo expandido». Consideramos que la división en estos núcleos es necesaria en cuanto a un recorrido más didáctico, pero los tres temas hacen a la esencia de las obras que podrían estar en cualquiera de ellos además de señalar cuánto se potencian unas a otras.
En el núcleo «Espacio», sabemos que desde la antigüedad toda obra escultórica lo necesita, pero hay ejemplos como el vacío propuesto por Gamarra en «Conjuro» (2007); el vacío de una malla delgada y transparente del plano de Buenos Aires realizada en 2003 por Jorge Macchi; el espacio que ocupan las cinco piezas de diferentes tamaños que componen «Chancho Bola» (1998) de Nicola Costantino. Está el angustiante paisaje inclinado, dramático, «El Viaje» (1989) resina poliéster de Mariana Schapiro; la resma de papeles y cartulinas obsesivamente ordenadas de Daniel Joglar, el espacio del muro ocupado por «Y mañana será príncipe», obra en clave de humor de Luis «Búlgaro» Freisztav; la maqueta de carácter lúdico, técnica mixta, luces y música de Dino Bruzzone.
En el núcleo «Gravitación» se destaca un bronce de 1972 de Antonio Pujía, «Campana de acá o campana de ahora», que por supuesto respeta la ley de gravedad y también suena. En «Diagonal II» (1986), Juan Carlos Distéfano desafía la ley de gravedad volviéndola inestable, obra que también por su cromatismo podría integrar el núcleo «Color».
«De la Rivera», de Bastón Díaz, se planta monumental , contundente en el espacio, así como «Pórtico» (1949), de Martín Blaszko, que siempre piensa y sueña sus esculturas en el espacio público. Es notable «Que parezca un accidente» (2010) de Sebastián Gordín, obra minuciosa que desestabiliza nuestra percepción. El ensamble de acrílico de Cristina Tomsig, parecido al que le elogiamos en la reseña del Salón Nacional, no obstante su transparencia y aparente levedad, gravita en el espacio. Madanes ocupa el espacio con su delicado tejido de mimbre y cuero pero los contrapesos de cemento que lo une a la tierra demuestran la gran tensión lograda, «El Peso del Vacío» una notable obra de 2001.
Líbero Badii fue pionero en el uso del color para sus ensambles de madera como el aquí expuesto, realizado en 1974; Marta Minujín usó venecitas de color en trabajos de hace un par de años; está el azul característico de Dompé, los «Toys» de Luis Wells que pueden modificarse; Carola Zech interviene el espacio asignado con módulos de color que se integran y también modifican la arquitectura del lugar el blanco en Papparella; el color luz en Tomasello; el celeste de la maqueta de la pileta de Erlich, mostrada en Venecia (1998); la transparencia del material empleado por Aranovich; el color revulsivo en Norberto Gómez; las cuentas acrílicas de Roman Vitali. Ya sea luminoso, lúdico, asociado a las nuevas tecnologías, sombrío, el color tiene gran poder sobre nuestro estado de ánimo y sobre nuestra memoria.
Con esta muestra queda demostrado que no importa el momento en el que las obras fueron realizadas, cómo se han borrado las fronteras y la discusión acerca de si es o no escultura, cómo algunas obras conocidas cobran resignificación según el contexto en el que están expuestas, la multiplicidad de materiales y técnicas, el valor de un proyecto curatorial resultado de una intensa investigación y selección.
El catálogo con textos de María Teresa Constantín, Sebastián Vidal Mackinson, María José Herrera e Isabel Plante aportan concisas y actualizadas disquicisiones acerca de «Espacio-Gravitación-Color», muestra que clausura el 18 de diciembre.


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