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Argerich por su hija en un film que sorprende a Roma
A diferencia de otros pocos documentales, en «Bloody Daughter» Martha Argerich habla frecuentemente a cámara y muestra algo de su intimidad.
Un retrato de la pianista, que en más de 50 años de carrera ha cuidado con rigor su vida privada a pesar del amor de sus admiradores y la curiosidad de los periodistas, que Stéphanie elaboró a base de fotografías, documentales y videos familiares, pero sobre todo obligando a su madre a poner al desnudo delante de la cámara sus inseguridades, sus fobias, su concepto del arte y de la vida.
Compañía
Desde hace años, Martha Argerich no se presenta sola en un escenario sino acompañada por sus amigos; en general artistas jóvenes que precisan su espaldarazo para entrar en el mundo altamente competitivo de la música clásica. Tiene cuatro hijas de tres hombres diferentes y, a pesar de una brillante carrera que la ha hecho recorrer el mundo, siempre ha tratado de ocuparse personalmente de ellas. Stéphanie pudo seguirla parcialmente en sus giras (cerca de Suiza y Bélgica, los dos países en los que vivió con su madre y sus hermanas) y cuando su padre, otro genio del teclado, Stephen Kovacevich, le regaló una cámara cinematográfica, se dedicó a documentar la vida familiar.
Gracias a ese material, la directora registra los últimos 20 años de vida en común con su madre y revela al mundo de-talles poco conocidos, como el amor encendido por Schumann, su concepto de que las hijas mujeres son más divertidas que los varones y que, a la hora de criar hijos, es mejor prescindir de los padres. Como todos los tímidos, la pianista no encuentra fácilmente las palabras para expresar sus sentimientos más íntimos o para responder a las preguntas que le hace Stéphanie.
Intimidad
La realizadora la retrata inquieta antes de un concierto, disponible a firmar autógrafos y humilde cuando consulta a un director de orquesta si puede cambiar la velocidad de ejecución de un concierto. También la muestra paseando por el Jardín Botánico de Buenos Aires, recordando cuando el padre la llevaba todas las semanas, relajándose en un picnic con todas sus hijas, formulando una teoría de colores para las uñas de sus pies o preocupándose por la década de los 70 años en la que acaba de entrar.
«Bloody Daughter», como llama su padre a Stéphanie, es el retrato de una madre que ha combinado carrera artística y maternidad, respetando la personalidad de las hijas y concediéndoles extrema libertad. El film se estrenará en cines en Suiza en febrero del 2013 y en Francia será transmitida por el canal ARTE en septiembre, «pero nos gustaría muchísimo que se exhibiera en Argentina», dicen a coro directora y productores.
Argerich nació el 5 de junio de 1941 en Buenos Aires. A los cuatro años dio su primer concierto y, tras tocar en el Teatro Colón, en 1954 fue becada por el gobierno argentino para estudiar en Viena, donde comenzó su formación y carrera internacional. La realizadora contó que «ni mi padre ni mi madre opusieron resistencia a que los filmara, más aún, colaboraron generosamente en el proyecto prestándose a descubrir sus lados más íntimos y secretos».
«Se trató de un asunto de suma confianza y por otra parte mi
madre estuvo acostumbrada a que la filmara desde que mi padre me regaló a los 18 años una cámara cinematográfica», agregó la
directora, al presentar su opera prima. «Tengo que confesar que a pesar de haberla filmado toda mi vida, redescubrí a mi madre en el montaje de mi película», añadió. Stéphanie tiene pasaporte suizo y belga y en el documental se habla en inglés y en francés, los idiomas con los que Argerich se comunica con sus hijas.
«Tal vez eso se deba a que mi madre dejó definitivamente la Argentina a los 19 años y durante mucho tiempo no volvió a visitarla. Para nosotras la Argentina es una presencia fuerte pero lejana, he estado un par de veces allí pero, como no nos queda nadie de la familia, es más difícil volver a crear contactos, aunque mis hermanas y yo hemos pedido la ciudadanía», explicó.


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