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Art Basel 2015: entre la alta calidad y la feria de vanidades
El neón al tope del Bass Museum: Eternity is NOW: el mundo del arte erige manifiestos que refuerzan sus miedos y su narcisismo.
Lo cierto es que mientras el planeta se debate entre tiroteos, elecciones, asunciones y bombardeos, por unos días la urbe floridana se convierte en vidriera del mundillo del arte (y aledaños) con su gran feria artística (y aledañas) como fiel reflejo de la bipolaridad en la que se sume la existencia de tantos habitantes del primer mundo y aledaños. Y este 2015, a propósito del calentamiento global, El Niño o simple mala pata, llovió como nunca antes en diciembre, aguando mas de un celebrity-party y sumando mas inconvenientes a la exasperante pesadilla del tránsito, amén de los bienintencionados recursos de todo aquello que trató de paliarlo. Y para no ser menos, también se tuvo un impromptu pucciniano, cuando una joven mandó al hospital a otra apuñalándola en plena feria y espantando a quienes creyeron que se trataba de otra performance con tinte escarlata.
A pesar del incidente, Art Basel, asentada en el Miami Beach Convention Center, permanece como calmo ojo de huracán mientras las ferias satélites luchan por sobrevivir. Nunca hubo tantas, ni tanto público (77.000). De esa veintena que se desparrama por la ciudad en hoteles y predios, Art Miami y su hermana Context, llevaron las de ganar batiendo record de asistencia y una lozanía de ventas que la ubican en envidiable delantera. De hecho, una porción importante del público (y coleccionistas) parecen preferirla o simplemente, animarse a aquella compra que en Art Basel se les antoja prohibitiva. Con algunas galerías de fama mundial, repite el esquema pese a que algún abigarramiento excesivo no permita gozarla en su totalidad. Un desorden multicolor que también la hace más humana, más vivible frente al impoluto orden suizo de su hermana mayor.
No obstante, esa torre de marfil simbolizada por Art Basel no deja de ser una feria de vanidades donde hay que buscar la sustancia para no sucumbir al sin sentido navegado por una fauna que es capítulo aparte. El nivel fue alto y parejo, con menores desbordes y una oferta sólida capaz de moverle el piso al coleccionista. En esta edición del emporio del arte actual, la sostenida calidad general primó por sobre lo meramente espectacular de otras. La pintura sigue imponiéndose, así como el riesgo de sofisticaciones innecesarias para llegar a una misma meta. El menú fue amplio y variado, y valió la pena descubrir las joyitas escondidas tras la fachada asfixiante del glamour y oportunismo. Separar lo sublime y profundo de lo ridículo y banal fue extenuante pero valió la pena.
A veces inspirador y casi siempre agotador, Art Basel Miami fue show, festival, supermercado, extravaganza y museo multitudinario engalanado por la presencia de Miró, Kandinsky, Klee, Twombly, Fontana, Freud, Richter, Tapies, Van Dongen, Kentridge, Schlemmer, Calder, Warhol, Gormley, Kusama, Weiwei, Whischer, Stella, Hockney, Brancusi, un notable grupo de 16 Louise Nevelson en Pace, la sala Picasso versus Matisse en Hammer, las gemas de maestros europeos en Thomas Munich y Landau (y de maestros latinoamericanos en Sur con Le Parc y Torres García, Mary-Anne Martin con Gerszo y Jorge Mara con Ana Sacerdote) así como Victoria Miro (una ominosa sala Celia Paul) Acquavella (impecable Jacob El Hanani), Francis Bacon (en Van de Weghe), Neo Rauch en David Zwirner, Robert Mangold en Elvira González, un bellísimo panel de cerámica de Teresita Fernández en Lehmann Maupin, Zilia Sánchez en Lelong, Roberto Burle Marx (B&G), Keith Sonnier en Castelli, Paul FTMgerskiöld en Nordenhake, Adolfo Bernal en Casas Riegner, Luis Tomasello en Sicardi y dos galerías berlinesas superlativas: Thomas Schulte con los exquisitos trabajos de Idris Khan y Kewenig con un Kiefer digno emblema de nuestra época. Además de la presencia sudamericana, uno de los máximos atractivos para el público europeo, hubo destacados aportes de galerías coreanas y de India, China y Japón. Las nuevas tendencias se amontonaron, literalmente, en Positions y Survey (mostraron obra previa al 2000) y los Kabinetts depararon sorpresas como la deliciosa instalación de Gleen Kaino y las fotos de Agnés Varda.
La lluvia constante tampoco benefició a las ferias asentadas en la playa, otras como Nada, Miami Project-Art on Paper (excelente Mario Reis en Sonja Roesch) o Pinta en pleno Wynwood ofrecieron ámbitos mas hospitalarios. En el glamoroso Design District contiguo, el Edificio Moore y la Colección De la Cruz redondearon la oferta. Y en este afortunado aspecto, entre lo más destacable figuraron los museos y colecciones que crecen en Miami y que se podrán seguir viendo mas allá del Art Basel Week. Desde Hans Hoffman y Carlos Estévez en FIU, Nari Ward en PAMM, a la de mujeres artistas -No Man's Land- en Rubell Collection, Daniel Arsham en Young Arts y en especial, dos muestras memorables de asistencia obligatoria: Anselm Kiefer en la Colección Margulies y Gustavo Perez Monzón en CIFO.
Aunque para muchos El circo llegó al pueblo, también es verdad que esa aldea ya no es Mar-Mall, sino una ciudad vibrante que crece desmesurada a un ritmo imparable, una en la que frente al mar que avanza no tan imperceptiblemente como tantos quisieran, florecen proyectos inmobiliarios y artísticos faraónicos, en un sitio que se resiste o no puede liberarse de esa etiqueta Kitsch. Rótulos que, por otra parte, han invadido con consignas el mundo del arte hasta erigirse en manifiestos que refuerzan miedos y narcisismo. De ahí que nada la represente mejor que el neón al tope del Bass Museum: Eternity is NOW. Vaya si lo es.


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