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Así aterroriza el régimen a la ciudad de Alepo
Mohamed Ahmadi, un oficial del Ejército sirio que desertó hace ocho meses y ahora es comandante de varios centenares de rebeldes, sabe que mientras la aviación de Bashar al Asad siga dominando los aires el control de los barrios no basta para apoderarse de Alepo.
«Necesitamos armas antiaéreas y armas antitanques, pero sé que ni los europeos ni Qatar nos las darán», dice, acariciándose la barba. «Compramos armas a los traficantes», añade. Cada cartucho de kalashnikov cuesta dos dólares.
Desde el comienzo de la insurrección en Alepo, la segunda ciudad del país, el 20 de julio, la situación parece estancada.
Combatientes del Ejército Sirio Libre (ELS) y soldados leales al régimen combaten encarnizadamente en Salahedin, un bastión rebelde desocupado en gran parte por sus centenares de miles de habitantes.
Pero todos parecen aguardar la gran ofensiva anunciada por el régimen. Para permitir que Alepo respire, los rebeldes atacan casi todas las noches el aeropuerto militar de Mannagh, donde están los helicópteros, pero los aviones vienen de Idlib, o de otras regiones, y por el momento nada parece poder detenerlos.
Primero se oye un rugido lejano en el cielo. Luego se ve un objeto brillante que gira, mientras se acerca. En su campamento, los rebeldes corren a todos lados mientras las primeras explosiones hacen temblar la tierra y los vidrios.
El avión caza con sus alas triangulares es ahora visible. Pasa a baja altitud. Los rebeldes despiertan sobresaltados y dejan sus esteras. Toman sus armas y escrutan el cielo. De repente se oye un sordo cañonazo y el avión desaparece.
Hay inquietud en los rostros. ¿Dónde cayeron los cohetes? ¿Terminó el piloto de la fuerza aérea siria de sembrar la muerte?
Tres nuevas y fuertes explosiones hacen temblar las paredes. Las bombas se acercan. Ahora caen en el barrio.
Los rebeldes se esconden detrás de los espesos muros de la escuela, bajo la escalera, o en los sótanos donde tienen almacenados los obuses de tanques, municiones y combustible.
Un puñado de periodistas occidentales se niega a seguirlos, estimando que un cohete podría caer y hacer saltar todo.
El silencio en el cielo es engañoso. Cuando ya no se oyen los reactores, al avión ataca. Los minutos pasan y luego se escuchan más explosiones. Afuera, los rebeldes aprovechan una pausa en los bombardeos para desplazar un tanque que le arrebataron al Ejército. El pesado vehículo levanta nubes de polvo al circular por el barrio.
Cerca de allí los rebeldes instalan ametralladoras pesadas sobre camionetas para tratar de dispararle a los aviones.
Súbitamente aparece una camioneta ante el hospital de campaña instalado cerca del campamento de los rebeldes. Los hombres gritan y tratan de abrir la puerta. Sacan a un joven ensangrentado, con agujeros de bala en las piernas y la espalda.
Sentada en la camioneta una joven, temblorosa, llora en silencio, mientras se retuerce los dedos. «Es el hijo de la vecina», dice una mujer mayor. «Los cohetes cayeron en nuestro barrio de Hanano», en el noreste de Alepo, añade.
Pocos segundos más tarde los hombres traen de vuelta al herido, sus lesiones son muy graves, hay que llevarlo al hospital de Chaar. La víctima hace muecas de dolor, pero parece que puede mover las piernas. Lo instalan en la parte trasera de la camioneta. Sus pies sobrepasan por la ventanilla.
Agencia AFP


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