5 de enero 2009 - 00:00

Asia compra ahora tierras fértiles en el exterior

La compañía surcoreana Daewoo Logistics acaba de alquilar un tercio de la tierra arable de Madagascar -1,3 millón de hectáreas- con el objetivo de producir en ese país africano en un plazo de 15 años la mitad de la demanda de maíz de Corea del Sur, tercer importador mundial de ese grano. Esta operación, aunque sorprendente por la dimensión de tierra comprometida -equivale a la mitad de la superficie de Bélgica-, no es novedosa.
Arabia Saudita trata de garantizarse el suministro de arroz produciéndolo en Indonesia, y países como Qatar y Kuwait también están comprando terrenos de cultivo en el extranjero. En ocasiones, son los mismos países pobres en desarrollo pero ricos en tierras fértiles sin explotar los que se ofertan: es el caso de Angola, de Etiopía, de Camboya. Esta última está negociando con gobiernos asiáticos y de Medio Oriente millones de dólares en inversiones agrícolas a cambio de millones de hectáreas de concesiones de tierra.
La búsqueda de «seguridad alimentaria» ha desatado así un proceso de deslocalización agrícola, como antes las diferencias de costos laborales trajeron la deslocalización industrial. Esto llevó a Jacques Diouf, director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), a expresar su temor de que, con el argumento de la crisis alimentaria, se esté «creando un pacto neocolonial para el suministro de materias primas sin valor agregado de los países productores», distorsionando «una buena idea», la de «inversiones extranjeras directas en la agricultura» capaces de crear «empleos, ingresos y alimentos».
Otra novedad en el panorama de la agricultura mundial es la exportación de campesinos chinos hacia el África. Recientemente, Michael Bristol, de BBC News, habló de «la larga marcha de China hacia el África». La meta china es diversificar sus fuentes de aprovisionamiento de materias primas, algo a lo que viene apostando hace tiempo, financiando y construyendo grandes obras de infraestructura en ese continente. China es hoy el tercer socio comercial de África y el intercambio entre ellos llegó en 2008 a los 100 mil millones de dólares. Ochocientas empresas estatales chinas están presentes en ese continente que provee el 30% del petróleo que importa la potencia asiática. Pero a este sistema «convencional», que busca asegurarse, entre otros, el crudo angoleño y el hierro de Gabón, se suma ahora una modalidad «heterodoxa». Para Liu Jianjun, funcionario de la Cámara de Comercio Chino-Africana, la ecuación es simple: «Hay un montón de tierra y los campesinos son pocos en África. En China somos demasiados y tenemos poca tierra cultivable». Resultado: decenas de miles de agricultores son enviados al África por las autoridades de Pekín. Pese a su extraordinario desarrollo de estos años, China todavía pena para dar trabajo a toda su población. Por lo tanto, la emigración campesina no es sólo un atractivo, sino una necesidad. En total, unos 750.000 trabajadores chinos se han desplazado hacia el África. Varias decenas de miles son campesinos asentados en 18 diferentes países, entre ellos Uganda, Kenia y Sudán.
En setiembre de 2006, la Conferencia Episcopal Argentina expresaba su preocupación por la concentración y extranjerización de la tierra. En nuestro vecino Brasil, más de 5 millones de hectáreas están en manos de extranjeros. Aquí, carecemos de cifras confiables. pero sólo en Entre Ríos hay 100.000 hectáreas en manos extranjeras, según datos recabados en abril pasado por el dirigente socialista local Santiago Reggiardo.
En un país de población relativamente escasa, con abundancia de tierra cultivable y con gobernantes que muestran una inquietante propensión a creer en «cuentos chinos», habría que prestar mucha atención a las novedades que el año que acaba de concluir nos ha traído en materia de «seguridad alimentaria».

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