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Astillas del mismo palo, las que más duelen
Quizás el portazo que más le dolió a Hugo Chávez fue el de Luis Miquelena (81 años), un veterano de la política y del sindicalismo más izquierdista, preso político de los militares en los 50, simpatizante del castrismo. Miquelena fue como el Yepetto de Pinocho para Chávez: en los años 1997 y 98 le dio forma, identidad política y contenidos discursivos (además de prestarle dinero, albergarlo en su casa y darle el auto).
Lo convenció al Comandante de que abandonase su proclama por la abstención y, por sobre todo, de lanzarse a buscar la presidencia a través de elecciones. Miquelena fue quien cinceló en Chávez esa pátina democrática que el «golpista» de 1992 necesitaba.
Este hombre fue miembro de la Asamblea Constituyente y lideró la redacción de la actual Constitución de 1999. En 2002, tras muchos enfrentamientos internos, abandonó a Chávez no sin acusarlo de tener las manos manchadas de sangre. Miquelena, casi sin apariciones públicas hoy, dicen que es uno de los principales articuladores políticos del anti-huguismo.
Ismael García, actual diputado a la Asamblea Nacional y Pastora Medina, igualmente diputada, fueron electos en listas del chavismo. Hoy García, un implacable del antichavismo, milita en Podemos (acrónimo de Por la Democracia Social,) un partido político con tendencia socialdemócrata, fundado en 2002. Medina, que llegó al Legislativo como militante del PPT (Patria Para Todos, un aliado de izquierda del chavismo), hoy está en el independiente Frente Popular Humanista. Y decididamente en la acera de enfrente a la de los seguidores de Chávez.
Entre los militares, Luis Alfonso Dávila, coronel retirado del Ejército, también dejó las filas bolivarianas. Electo presidente del Congreso nacional con los votos chavistas, y en consecuencia el que le tomó el juramento a Chávez al asumir por primera vez el Gobierno el 2 de febrero de 1999, fue luego canciller y hoy es un importante líder político en el Estado Anzoátegui.
Otro de los desertores es Jesús Urdaneta, teniente coronel retirado del Ejército, uno de los comandantes líderes de la conspiración inicial y del golpe de 4 de febrero de 1992. Militar duro y tradicional, inflexible, fue el primer director de la Disip (servicio secreto) que tuvo Chávez. Denunció graves casos de corrupción en el Gobierno, pero Chávez optó por «cajonear» los expedientes.
El caso más resonante entre los uniformados es el de Raúl Isaías Baduel, mayor general (3 soles); comprometido con Chávez desde 1998, cuando el jefe bolivariano llegó a la presidencia, fue su asistente personal, lo que le valió después ascender a general de brigada (un sol). Fue nombrado comandante de los paracaidistas en Maracay, después comandante de la IV División del Ejército (la más poderosa, en el Estado Aragua), donde esperó un par de días durante el golpe contra Chávez de abril de 2002, y cuando no pudieron mostrarle la renuncia firmada por Chávez, hizo rescatarlo de La Orchila para luego llevarlo al Palacio Miraflores.
Después fue nombrado ministro de la Defensa y luego ascendido a mayor general. Al dejar el cargo, en 2007, pasó a retiro no sin antes pronunciar un áspero discurso por el que reclamaba democracia. En las narices de Chávez.


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