18 de junio 2012 - 00:00

Bailando por un Offenbach

«La vie parisienne», opéra-bouffe en cuatro actos. Música de J. Offenbach. Libreto de H. Meilhac y L. Halévy. Dirección escénica: A. Segal y G. Castro Barros. Dirección musical: R. Soto Monllor. Compañía Lírica Giuseppe Verdi (Teatro del Globo, 16 de junio). 

La opereta francesa, género que alcanzó su más alta expresión con las obras del genial Jacques Offenbach, puede parecer de fácil abordaje por lo accesible de su lenguaje armónico, lo chispeante de sus ritmos y lo pegadizo de sus melodías (muchas de las cuales han alcanzado vida propia), pero para los artistas que se aventuran a ella implica desafíos y riesgos enormes, sobre todo si éstos no son francófonos de origen o no cuentan con un altísimo conocimiento y entrenamiento en el humor, el idioma, el estilo y el espíritu francés.

La Compañía Lírica Giuseppe Verdi decidió ampliar su repertorio centrado en la ópera italiana poniendo en escena una de las obras cumbre de la producción offenbachiana: «La vie parisienne» («La vida parisiense»), «opéra-bouffe» de 1866 en su versión de cuatro actos. Si la iniciativa de brindar una producción íntegra de este título no puede dejar de ser loable, el resultado general, en cambio, sólo puede ser salvado por el entusiasmo de sus organizadores y participantes.

Lo primero que requiere una obra de estas características, donde el texto prima sobre la música, por deliciosa y refinada que ésta sea, es un elenco impecable de cantantes con gran soltura escénica y un dominio perfecto del francés; en este caso, salvo por pocas excepciones más lindantes con lo aceptable que con lo excelente (la muy graciosa Gabrielle de Clara Pinto, el suelto Barón de Gondremarck de Alejandro Schijman, la elegante Métella de Paula Bresci y el Raoul de Gardefeu de Pablo Selci), el reparto fue de un nivel insuficiente tanto en lo vocal como en lo teatral.

En lugar de respetar el idioma original para los diálogos, como sería deseable, o apelar a la solución más corriente y sencilla de decir los textos hablados en el idioma local, se optó por un híbrido consistente en recitarlos en español con (pésimo) acento francés; la consecuencia fue que se hicieron casi completamente ininteligibles. A esto hubo que sumar coreografías de un gusto digno de «Bailando por un sueño» y unos imperdonables monólogos destinados a estirar el tiempo para los cambios de escenografía.

Al frente de una orquesta reducida más allá de su mínima expresión el muy joven Ramiro Soto Monllor mostró garra y voluntad, aunque en el aspecto instrumental el resultado también distó mucho de ser aceptable. Para rescatar: el entusiasmo (la repetición del sustantivo es inevitable en lo que respecta a esta producción) de los coreutas aficionados, algunos elementos del vestuario y la belleza de los decorados, pese a lo precario de su aspecto.

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