Registro histórico: Jorge Luis Borges durante su encuentro con J. G. Ballard a mediados de los años 60.
J.G. Ballard ,»Milagros de vida» (Mondadori, 2008. 240 págs.).
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La primera mitad de la autobiografia de J.G. Ballard es lo mejor del libro, y casi puede describírsela como una versión alternativa de su novela mas famosa, «El imperio del sol», donde el escritor narraba una versión ficcionalizada de su infancia en Shanghai primero, y en un campo de prisioneros japones después, durante la Segunda Guerra Mundial, No hace falta ser un fan de la literatura de Ballard para devorar estas páginas que tienen toda la fuerza y el magnetismo de la obra del escritor de «La isla de cemento», más el interés adicional que le agrega el hecho de no ser ficción sino una memoria real de un mundo que ya no existe.
Pero obviamente quien conozca la obra de este escritor nacido en Shanghai de familia inglesa, y especialmente quien haya disfrutado de «El imperio del sol», gozará especialmente los apuntes que entrecruzan este nuevo texto con los anteriores, dando claves sobre el universo de este autor de ciencia-ficción más preocupado por lo que el llamó el «espacio interior» que por el futurismo y la exploración espacial.
Hay de todo en esa primera parte del libro, desde elegantes descripciones de época hasta cruentas experiencias personales con la violencia que atestiguó tanto en la Shanghai ocupada como en el campo de prisioneros. Tambié declaraciones sorprendentes, como su aseveración de la necesidad de arrojar la bomba atómica sobre Japón para lograr su rendición definitiva.
Hacia la mitad, el relato cambia de ritmo cuando un Ballard ya adulto debe decidir su vocación. El ritmo vuelve a reestablecerse cuando confiesa sus problemas con el mundillo de la ciencia ficción, del que nunca se sintió parte del todo, y se vuelve especialmente interesante cuando enfoca sus escritos más polémicos, es decir la era de «La exhibición de atrocidades» y sobre todo «Crash», cuya idea surgió de una muestra de arte moderno consistente en autos chocados que despertaban extrañas emociones en el público.
También hay lugar para el arte y sus rutinas, y mucho espacio para la vida privada del escritor que enviudó tempranamente y tuvo que hacerse cargo de la educación de sus tres hijos. Lo más divertido quizá sean sus encuentros con el mundo del cine, empezando por una película de bajo presupuesto con dinosaurios que escribió para la productora Hammer Films, más las conocidas versiones de sus novelas famosas dirigidas por Steven Spielberg («El imperio del Sol») y David Cronenberg («Crash»), en este último caso rodeada de escándalos y censuras varias.
El productor Samuel Goldwyn dijo alguna vez que no creía que nadie debiera escribir su autobiografia hasta estar muerto. Ballard casi le hace caso: su libro termina con los detalles de una enfermedad terminal que aparentemente no le deja mucho resto, salvo dedicarse a este libro, quizá su ultimo trabajo. Ojala que no sea asi, pero de todos modos, el dato sirve de gran golpe efecto al nivel de lo mejor del autor.
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