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Barboza: “Soy tan hijo del chamamé como del jazz”
Raúl Barboza: «Aprendí lectoescritura musical sólo de grande para poder comunicarme mejor con otros músicos. Yo soy un músico intuitivo y autodidacta».
«En Francia es muy bueno el sistema de salud, y en mi carácter de músico estoy protegido por el estado, pero todo está más mecanizado; acá existe un trato más cercano con los médicos y los dentistas, y por eso, cuando puedo, prefiero hacer eso en Buenos Aires», reconoce. Su padre fue estibador. Y su arranque como músico no fue nada fácil. Se formó en la música de chamamé que escuchaba entre los paisanos familiares, y en el tango y el jazz que circulaba por la ciudad, en la que hasta fue taxista. «Yo tuve la posibilidad», dice, «de escuchar a Vera-Lucero y a Carlos Gardel, a Tránsito Cocomarola y a Troilo, a Piazzolla y a Isaco Abitbol, a Oscar Peterson y a Adolfo Abalos. Y seguramente soy una mezcla de todas esas cosas».
Periodista: ¿Por qué está pasando más tiempo en Argentina? ¿Es simplemente una cuestión de nostalgia?
Raúl Barboza: Es que últimamente se ha hecho más fácil conseguir presentaciones aquí. Tal vez será que yo maduré. Tal vez que más gente comprendió lo que hago. Será que ahora es el momento. Aunque en mi esencia musical sigo siendo el mismo; al menos, eso me parece cuando escucho mis primeros discos. Ahora más gente tiene interés en escucharme y por eso vengo más seguido, lo que me produce un gran placer.
P.: En su nuevo disco, «El árbol y el colibrí», un poco en la línea que ha atravesado buena parte de su obra, conviven tradición y modernidad. ¿Es algo intencional o va surgiendo simplemente así?
R.B.: Aunque ya de grande haya aprendido lectoescritura musical para poder comunicarme mejor con otros músicos, yo soy en el fondo un músico intuitivo y autodidacta. De modo que no soy de especular intelectualmente con lo que hago. Me sale lo que me sale. Llevo en mí toda esa mezcla que le mencionaba, lo que me enseñaron maestros como Adolfo Abalos, Manolo Juárez o Virgilio Expósito. Tengo encima los acordes de 9ª, 11ª o 13ª que ya usaba Isaco. Francia me ha permitido tocar con músicos árabes, judíos, latinos de todas partes, europeos del este, etc. Y todo va conmigo, como un ciego que guarda todo en su cabeza.
P.: Entre los músicos que participaron de su disco, hay un guitarrista, Horacio Castillo, que falleció hace poco en un accidente. ¿Cómo lo recuerda?
R.B.: Fue un guitarrista enorme, un gran compositor, un tipo maravilloso que no trabajó por la fama y quizá por eso todavía no tenía el reconocimiento que se merece. Cuando lo conocí, hace 10 años, él tenía 25. Tocaba en un grupo que se llamaba La Tríada. En un momento, se me produjo un hueco en mi banda y lo convoqué por el buen consejo de mi mujer. Desde entonces, estuvo conmigo porque era de esos músicos a los que no había que decirles nada. Inclusive, en este disco hay dos temas suyos, «Pombero» y «Colores del monte», que hicimos juntos.
P.: ¿Cómo va a sustituir a Horacio en su presentación del disco, el próximo 11 de setiembre en La Trastienda?
R.B.: No me gusta la idea de sustituirlo porque creo que eso no es posible. Seguirá estando Cacho Bernal en percusión y Nardo González, que era el bajista, pasará ahora a la guitarra. El reemplazado, entonces, será el lugar del bajo, que quedará en manos de Roy Valenzuela.
P.: ¿Cómo continúa su vida luego de este concierto de La Trastienda?
R.B.: Estaré casi hasta fin de mes en la Argentina, después tengo tres conciertos en Austria que haré con el guitarrista Alfonso Pasín, otros dos en Francia con otros dos acordeonistas -un colombiano y un martiniqués- y para el verano espero estar nuevamente por acá.
Entrevista de Ricardo Salton


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