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Bellos y poéticos “Paraísos desplegables”, de Amestoy
Al visitar la instalación que el argentino Manuel Amestoy exhibe en el Faena Arts Center, el espectador se encuentra «con» y «en» el paraíso.
Nacido en La Plata en 1973, Amestoy estudió dibujo en la Escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón; en 1995 tomó clases de grabado experimental en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de San Carlos, México. Durante su permanencia en ese país conoció los distintos usos otorgados a las guirnaldas para celebrar el Día de los Muertos. De allí, la incorporación del calado textil al corpus de su obra.
En 2010 participó en Pinta Nueva York, integra las colecciones del MOLA (Museo de Arte Latinoamericano de Los Angeles), del MACRO (Museo de Arte Contemporáneo de Rosario) así como colecciones privadas en nuestro país y en el exterior. Entre sus muestras individuales se destacan «Cortar y Pegar» (Fundación Proa, 2001), «Los Ultimos Reyes» y «El Rey» (Braga Menéndez, 2005/6), «Las Fuentes del Nilo» (Galerías Cecilia Caballero y Chez Vautier, 2011).
Al entrar a la Sala Catedral del Faena Arts Center uno se encuentra «con» y «en» el paraíso. «Paraísos Desplegables» es una instalación específica de 630 m2 que el artista y sus colaboradores tardaron dos meses en realizar. ¿Cómo clasificar esta obra? Quizás como esculturas aéreas, caladas, en textil no tejido cuya raíz está en los humedales entrerrianos. Formas que se repiten, invaden el lugar, flotan, caen en cascada, se mecen en el viento, se mimetizan con el paisaje en todas las gamas de los verdes y también en colores tropicales, colores fluor, plateados que los reflejan. El piso está tapizado de los recortes de la friselina, tejido de fibra sintética, se escucha el sonido del viento y el canto de los pájaros, por eso decimos que uno se encuentra en el paraíso, esa utopía.
La tecnología contribuye poéticamente a integrar estas telas al paisaje que en realidad fueron llevadas al monte entrerriano para que dialoguen con el paisaje verdadero, lo que ha sido registrado en dos videos. En uno de ellos la conocida escritora y poeta Mirta Rosenberg le dedica al artista un poema, una sextina, forma poética en la que ciertas palabras se repiten al final de cada verso, en este caso, manos, mundo, árboles, maleza, aguas, paisaje. Una versión ominosa del paisaje que la poética de Rosenberg describe como. «la rastrera sensación de la maleza.»... «¿te dejará entrar en el paisaje/el mesopotámico antojo de las aguas.?» «...el miedo, Manuel, es el arma más elegante del mundo:/esa brisa que ondula tu colorida cúpula colgada de los árboles, /agita al mismo tiempo, dulce y ominosa, las púas de la maleza.». «El Infierno existe en todo Paraíso».
Y aunque «El Infierno existe en todo Paraíso», al salir de la muestra se lleva en la retina todos los colores, las transparencias, la levedad de un momento idílico, el borgeano pensamiento «no pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso».


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