29 de agosto 2011 - 00:00

Bernanke calma (con la espada, pluma o palabra)

José Siaba Serrate - Economista
José Siaba Serrate - Economista
Bernanke en Jackson Hole: no al helicóptero. Sí a continuar la terapia de diván. El mayor trastorno no es la recesión que puede ocurrir, o no, y que la Fed piensa que no acontecerá, sino la brusca pérdida de confianza en el futuro. De ahí que Bernanke insista en usar la palabra como arma, la herramienta blanda de la comunicación. Los mercados pretenden que la Fed les prometa acción. Dos veces se les denegó la solicitud. Así fue tras la rebaja de la calificación de la deuda de EE.UU. Y se repitió en Jackson Hole. Los resultados no son malos. Si la economía de veras no padece un daño incremental serio, la receta del placebo es lo adecuado. La ansiedad hay que saber manejarla (y la Fed descuella en la tarea). Los inversores quieren que Bernanke les cuente el cuento de la buena pipa y Bernanke no les ha dicho que no. Tal vez lo haga en septiembre. De hecho la reunión ordinaria del Comité de Mercado Abierto se convirtió en un encuentro de doble jornada (el 20 y 21 próximos) y ello se parece a la promesa de un vuelo, sino rasante de helicóptero, quizás la ascensión modesta de un paseo en globo. Tal vez sea el presidente Obama quien se ocupe, la semana próxima, con un plan generoso de refinanciación de hipotecas. Mientras tanto la Fed consiguió lo que necesitaba (Europa debería mirar y aprender porque lo precisa mucho más): montar una tregua. El banco central estabilizó los mercados financieros usando, como en el judo, el envión exagerado del contrincante a su favor. Quien se define como el mayor pesimista del planeta, Marc Faber, tosco como economista pero al final del día eficaz para contar los billetes, no tiene empacho en mostrarse circunstancialmente alcista. «Simplemente no pienso que las acciones vayan a implosionar», dice apuntando al exceso de negatividad. Cuando se comparan los rendimientos de los bonos del Tesoro y las acciones, la Bolsa luce «razonablemente atractiva». No es difícil compartir. Más si la Fed no yerra y, como apuntó Bernanke, el crecimiento repunta en esta segunda mitad del año. Ni qué decir si los disidentes de la Fed tienen razón y la expansión retoma una velocidad de crucero del 3% y la propia sugerencia de tasas cortas congeladas durante los próximos dos años debe ser revisada.

Héroe

Todos los reflectores posaron su luz sobre Bernanke. Sin embargo, el héroe de la semana no fue él sino el inefable Warren Buffet. No hizo falta que el helicóptero de la Fed derramara un alud de dinero para salvar el trance. Lo crucial fue que el legendario inversor de Omaha arrimase su viejo Chevy Nova a la acera del Bank of America y sacara del baúl módicos 5 mil millones de dólares para comprar acciones preferidas de la castigada institución (y los derechos a adquirir acciones ordinarias a un precio fijo de 7,14 dólares). De todas las profecías autocumplidas, no se ignora, la más simple de concretar es una corrida contra los bancos. Y el furibundo embate contra el Bank of America era un prólogo perfecto. Toda la discusión sobre las necesidades mayúsculas de capital que podían afligir al banco -que se llegó a afirmar, con sugestiva desaprensión, trepaban a 100 o 200 mil millones de dólares (según Henry Blodget)- se canceló con el arribo de Buffet. Que la acción se desplomara el 40% en agosto tornó verosímil cualquier especulación. La parábola del Bank of America importa porque revela, de manera contundente, cuán cortos de información operan los mercados en esta rugosa actualidad. Excedidos en adrenalina, cargados de temores, pero muy limitados de visibilidad. Tuvo que terciar Buffet (que sabe cotizar muy bien sus servicios de orientación) para corregir la falta de brújula. No es que Bank of America tenga un problema y el precio de la acción, en consecuencia, deba reducirse. La dinámica en curso invierte los roles: si la acción se hunde, entonces debe ser que se precisan toneladas de capital. Lo cual, a su vez, no deja de ser un atajo razonable para quien desconoce el fondo (o procura un negocio rápido de trading). Librada a su suerte, la caída vertical del precio de la acción bien puede acabar pulverizando el patrimonio de la entidad más sana. La misma lógica, no otra, rige con el anuncio de Buffet. El efecto es instantáneo: si Buffet toma una posición, entonces debe haber valor oculto. Él sabe lo que hace (en apariencia, mejor que los mercados, los que en su ausencia, se ve, no están completos). Aunque Buffet no lea el futuro y no esté exento de verse afectado por los imponderables.

A su manera, la Fed cumple la misma función que el oráculo de Omaha. Con mayores recursos a su disposición (pese al arsenal menguante). Si Bernanke se toma su tiempo, entonces, se deduce, el fin del mundo también podrá esperar. Aunque el propio Bernanke diga que no lo sabe de manera fehaciente. Y cómo no creerle cuando su mayor preocupación pareciera ser Europa. Con precisión, sus autoridades. El párrafo que les dedicó es imperdible: «Tengo confianza en que nuestros colegas europeos aprecian plenamente lo que está en juego en los asuntos difíciles que enfrentan, y en que, a lo largo del tiempo, irán tomando todos los pasos necesarios y apropiados para resolver esos asuntos de manera efectiva y completa». Si les tuviera fe, por cierto, no se acordaría de ellos. Uno de los escollos para una corrida exitosa contra los bancos de EE.UU. es, en rigor, que sufren una avalancha de depósitos, en gran medida provenientes de los bancos europeos y en busca de refugio a la crisis de la zona del euro. En Jackson Hole, Christine Lagarde, ministra de Finanzas francesa hasta que tomó el comando del FMI, no tuvo pelos en la lengua: urgió la capitalización «mandatoria y sustancial» de los bancos europeos para «cortar las cadenas del contagio». A confesión de quien fuera parte, relevo de pruebas. ¿No es hora, pues, de que Ben Bernanke le facilite a Monsieur Trichet los teléfonos de Warren Buffet?

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