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Bernanke calma (con la espada, pluma o palabra)
José Siaba Serrate - Economista
Héroe
Todos los reflectores posaron su luz sobre Bernanke. Sin embargo, el héroe de la semana no fue él sino el inefable Warren Buffet. No hizo falta que el helicóptero de la Fed derramara un alud de dinero para salvar el trance. Lo crucial fue que el legendario inversor de Omaha arrimase su viejo Chevy Nova a la acera del Bank of America y sacara del baúl módicos 5 mil millones de dólares para comprar acciones preferidas de la castigada institución (y los derechos a adquirir acciones ordinarias a un precio fijo de 7,14 dólares). De todas las profecías autocumplidas, no se ignora, la más simple de concretar es una corrida contra los bancos. Y el furibundo embate contra el Bank of America era un prólogo perfecto. Toda la discusión sobre las necesidades mayúsculas de capital que podían afligir al banco -que se llegó a afirmar, con sugestiva desaprensión, trepaban a 100 o 200 mil millones de dólares (según Henry Blodget)- se canceló con el arribo de Buffet. Que la acción se desplomara el 40% en agosto tornó verosímil cualquier especulación. La parábola del Bank of America importa porque revela, de manera contundente, cuán cortos de información operan los mercados en esta rugosa actualidad. Excedidos en adrenalina, cargados de temores, pero muy limitados de visibilidad. Tuvo que terciar Buffet (que sabe cotizar muy bien sus servicios de orientación) para corregir la falta de brújula. No es que Bank of America tenga un problema y el precio de la acción, en consecuencia, deba reducirse. La dinámica en curso invierte los roles: si la acción se hunde, entonces debe ser que se precisan toneladas de capital. Lo cual, a su vez, no deja de ser un atajo razonable para quien desconoce el fondo (o procura un negocio rápido de trading). Librada a su suerte, la caída vertical del precio de la acción bien puede acabar pulverizando el patrimonio de la entidad más sana. La misma lógica, no otra, rige con el anuncio de Buffet. El efecto es instantáneo: si Buffet toma una posición, entonces debe haber valor oculto. Él sabe lo que hace (en apariencia, mejor que los mercados, los que en su ausencia, se ve, no están completos). Aunque Buffet no lea el futuro y no esté exento de verse afectado por los imponderables.
A su manera, la Fed cumple la misma función que el oráculo de Omaha. Con mayores recursos a su disposición (pese al arsenal menguante). Si Bernanke se toma su tiempo, entonces, se deduce, el fin del mundo también podrá esperar. Aunque el propio Bernanke diga que no lo sabe de manera fehaciente. Y cómo no creerle cuando su mayor preocupación pareciera ser Europa. Con precisión, sus autoridades. El párrafo que les dedicó es imperdible: «Tengo confianza en que nuestros colegas europeos aprecian plenamente lo que está en juego en los asuntos difíciles que enfrentan, y en que, a lo largo del tiempo, irán tomando todos los pasos necesarios y apropiados para resolver esos asuntos de manera efectiva y completa». Si les tuviera fe, por cierto, no se acordaría de ellos. Uno de los escollos para una corrida exitosa contra los bancos de EE.UU. es, en rigor, que sufren una avalancha de depósitos, en gran medida provenientes de los bancos europeos y en busca de refugio a la crisis de la zona del euro. En Jackson Hole, Christine Lagarde, ministra de Finanzas francesa hasta que tomó el comando del FMI, no tuvo pelos en la lengua: urgió la capitalización «mandatoria y sustancial» de los bancos europeos para «cortar las cadenas del contagio». A confesión de quien fuera parte, relevo de pruebas. ¿No es hora, pues, de que Ben Bernanke le facilite a Monsieur Trichet los teléfonos de Warren Buffet?


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