23 de noviembre 2009 - 00:00

Bernanke, a punto de perder independencia

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
¿Será la Fed capaz de mantener la independencia de la política monetaria? ¿O deberá pactar con el Congreso, por ejemplo, el año próximo, el ritmo de la suba de tasas de interés? Después del ensayo de Gordon Brown en el G-20, ¿madura en EE.UU. el respaldo a un impuesto a las transacciones financieras a la Tobin? El mundo (salvo Islandia) sorteó el temporal de la crisis sin recurrir a los controles de capitales; ¿le tocará a la fase de recuperación erizarse de restricciones bajo la invocación de la prevención de burbujas? Antes de la crisis, las contestaciones eran cantadas (un «sí» inicial y tres «no»). Después de la crisis, quizás también. Pero, en las arenas movedizas de la transición, las respuestas correctas pueden variar. La crisis todavía sofoca a la población. Y el descontento corroe hasta los artículos de fe que antes se juzgaban intocables.

La reforma financiera está en la palestra. No la alienta el G-20, cuya agenda refleja el consenso de los Gobiernos. Es otra fuerza paralela la que brama por acción. Sin la elegancia de la arquitectura de autor; es una rebelión de políticos que ofician, si se quiere, de maestros mayores de obra. Pero sería un error minimizar su empuje. Olfatean una oportunidad: la insatisfacción de la sociedad, el legado de la crisis que más tardará en cicatrizar. No fue casual que en su última visita al Congreso le solicitaran la renuncia al secretario del Tesoro, Timothy Geithner, por su labor en el rescate a AIG. Nadie lo explicó mejor que el diputado Tom De Fazio, la semana pasada, al usar las cámaras de televisión para pedir la cabeza del funcionario. Según el representante demócrata, las encuestas de opinión hierven de ira porque las políticas públicas están «un 90% destinadas a Wall Street y sólo el 10% a la gente real que tiene problemas reales de trabajo en la economía». Geithner debe irse porque «su orientación es Wall Street, no ha sido otra que Wall Street ni será otra que Wall Street». Con el desempleo indócil, un calendario preñado de elecciones en el mundo y una sed de cambios que ya destronó a más de un Gobierno, las «razones» de De Fazio sonarán convincentes para todo aquel que pretenda pelear una banca (sea opositor u oficialista). El viraje de Gordon Brown insinúa que también los Gobiernos pronto querrán cruzarse a la vereda del sol.

En el Congreso de EE.UU., los servicios financieros motivan dos propuestas de reforma. La que impulsa el demócrata Chris Dodd en el Senado recorta en forma drástica los poderes regulatorios de la Fed. La del diputado demócrata Barney Frank es más benévola. Pero Frank perdió el control de su propia iniciativa. Y es allí donde anida la espina más venenosa.

Auditoría

La enmienda Paul- Grayson (aprobada en comisión 43 a 26 el último jueves) somete la política monetaria de la Fed a la auditoría de la Oficina de Contabilidad del Gobierno (GAO), que responde al Congreso. Operaciones especiales como el salvamento a Bear Stearns o los paquetes de asistencia a Citigroup o Bank of America pertenecen a su órbita revisora, pero no así las decisiones de política monetaria ni sus deliberaciones.

La enmienda se inspira en la Ley de Transparencia que presentó el republicano Ron Paul, quien tituló a uno de sus libros, sin ambages, «End the Fed» («Acabar con la Fed»). De prosperar, liquidaría una excepción concedida por el propio Congreso en 1978. Y, con ello, la reputación de independencia del Banco Central. Así lo piensan Paul Volcker y Alan Greenspan, quienes, en una carta conjunta a Barney Frank, sonaron la alarma sin éxito. Se sabe que nunca un proceso de suba de tasas es recibido sin duras críticas por los legisladores. La enmienda los dota de un instrumento de presión, que podría escalar hasta la sanción.

¿Cuán grave es la situación? Hoy por hoy, su efectivización luce distante. En última instancia, el presidente Barack Obama podrá vetarla, pagando el correspondiente costo político. Queda claro, sin embargo, que el Congreso le marca la cancha a la Fed. La disputa recién comienza. Y hasta la confirmación de Ben Bernanke será litigiosa (como ya previno Dodds).

Cuando James Tobin, en los años 70, propuso un impuesto a las transacciones financieras quería verter un grano de arena en las ruedas de la especulación. Gordon Brown relanzó una versión aggiornada con un pretexto mejor: que los bancos paguen por lo mucho que costó su ayuda. En el G-20 el rechazo fue contundente. No obstante, si el premier británico quería la foto con la paternidad de la idea, lo logró con creces. Geithner rubricó el «no» de EE.UU. Pero el planteo, lejos de morir, echa raíces. Incluso en EE.UU., y hasta en el propio Partido Demócrata. Antes de fin de año, el Gobierno sancionará legislación para alentar la creación de empleo. Financiar los programas con un impuesto a las transacciones financieras sería matar dos pájaros de un tiro. Una genialidad del marketing político. Nancy Pelosi, la vocero demócrata de la Cámara baja, blanqueó, el martes, que el gravamen es una opción en estudio. Y si bien no cuenta aún con el respaldo de legisladores clave, su predicamento entre los demócratas, dijo, es «sustancial». Lo que Pelosi sí dio por sentado es que no habrá impuesto sin un acuerdo para su aplicación internacional amplia.

El Gobierno, de momento, no varió su opinión oficial. El jueves, Geithner reiteró la negativa. «No he visto una alternativa del impuesto que sea apropiada para nuestro país». Con su cabeza en juego, quizás más adelante vea la luz.

Si no hay novedades allí, y si no se modera la efervescencia en los mercados de monedas emergentes, lo que de seguro irrumpirá es una catarata de restricciones a los movimientos de capitales. Brasil rompió el fuego. Taiwán ya les prohibió a los no residentes constituir depósitos en moneda local. Indonesia se prepara para copiar la receta. India y Corea del Sur expresaron similares intenciones. Nadie se privará de izar la bandera del combate a las burbujas. En Asia, la prevención es tan temprana que intenta evitar el paso previo, que los tipos de cambio subvaluados converjan a su equilibrio. En definitiva, a toda molestia que se quiera sacar del medio, se la rotulará como burbuja.

La reforma del sistema financiero, por lo visto, viene en camino. Si el menú básico del G-20 no la provee, la lógica de los tiempos políticos acabará sirviéndola a la carta.

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