Broma de Eco que hace pensar

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Umberto Eco "Construir al enemigo y otros escritos" (Bs.As., Lumen, 2013, 319 págs.)

Un utopista (fracasado de partida como todo utopista) planteaba que la finalidad de la televisión era "entretener, divertir y enseñar". Esa trinidad incuestionable que no cumple la televisión, es exacta si se piensa en la obra del semiólogo italiano Umberto Eco.

Es más, se podría decir, al gozar de la lectura de los quince textos que componen "Construir al enemigo", que el autor de "El nombre de la rosa" nunca deja de entretener, de seducir al lector, aun cuando se instale en los textos más arduos, aun cuando se ponga a hablar de las cosas curiosas, absurdas o raras, que encontraba su erudito amigo Piero Camporesi en antiguos mamotretos absolutamente olvidados.

Eco entretiene aquí desde la primera extraordinaria conferencia que da titulo a la obra, "Construir al enemigo", donde vuelve al tema de la necesidad política de inventarse un "otro", de construir un polo exactamente opuesto para, de ese modo, establecer diferencias que sirvan para integrar las tropas propias y congregar aliados que enfrenten a "esos otros". Ese tema lo trató hace poco en "El cementerio de Praga" su admirable novela sobre como un texto inventado ("Los protocolos de los Sabios de Sión") sirvió para demonizar una religión y un pueblo que conformó un imaginario que concluyo en el horror del holocausto. Pero, en esta conferencia, Eco sostiene lo que los lógicos llaman un "sesgo cognitivo", que en este caso es el de la idea de las bondades de tener siempre a mano un enemigo en quien descargar nuestras debilidades, faltas, establecer lo que somos por la confrontación. Algo de permanente actualidad. Y sostiene que la instancia ética transformadora no aparece cuando fingimos que no existen enemigos, sino cuando se busca entenderlos, cuando en vez de ajenizar se busca comprender al otro. Cuando se descartan los clichés con que se ha revestido al oponente y se pasa a reconocerlo en su alteridad. Claro todo este saber teórico aparece deliciosamente condimentado por il professore con ironías y sarcasmos.

A veces hay que leer varios párrafos hasta darse cuenta de que lo que escribe tiene mucho de una broma que enseña a pensar. En "Solo nos faltaba el Ulises" remeda a un crítico fascista que despotrica con la magna obra de James Joyce. En "Velinas y silencio" recuerda que su abuela gritaba "no hagan quilombo" en vez de "no hagan ruido", y esto le sirve para mostrar que la sociedad se está hundiendo en el ruido y recuerda que "al perder la condición del silencio se pierde la posibilidad de de captar la palabra a media voz, que es el único, fundamental y fidedigno medio de comunicación". Así el reflexionar sobre la fenomenal aventura de Wikileaks lo lleva a señalar que Assange inauguró una nueva época histórica, porque "¿cómo podrá regirse un poder que ya no tiene posibilidad de conservar sus propios secretos?". Y así como enseña a leer a Víctor Hugo desde la poética del exceso, a ver en la obra de Dumas la profundidad del folletín en la esencial estructura narrativa del reconocimiento, del mismo modo puede volver a Tomás de Aquino para, con alma de polemista, mostrar que el erudito santo no estaba contra el aborto. O descubre al lector, con profundidad polisémica, que los lugares de residencia de las utopías son siempre islas, "un lugar inalcanzable, al que se llega por casualidad, y una vez que se lo abandona no se puede volver ya nunca más". Hay en Umberto Eco el placer de la charla, el gusto por la controversia y la irónica provocación. Sale de un tema y provoca el deslumbramiento con su pensamiento arborescente que yéndose por las ramas entrega frutos valiosos a cada paso.

Vale advertir que de estos "escritos ocasionales", como el gran pensador italiano los califica, que "tienden a divertir tanto a quien habla como a quienes escuchan", no se sale indemne culturalmente sino felizmente enriquecido y estimulado .

M.S.

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