7 de junio 2016 - 00:00

Buen Arte en Recoleta, pese a la desigualdad tradicional

“En fuga”, de la artista rosarina Eugenia Calvo.
“En fuga”, de la artista rosarina Eugenia Calvo.
El arte fluye caudaloso e incesante por la Ciudad de Buenos Aires y el Centro Cultural Recoleta, enclave fundamental para la experimentación y exhibición de todas las expresiones contemporáneas, amenaza con un cambio de rumbo. Luego del silencio impuesto durante todo el verano por la nueva gestión, en las salas nada parece haber cambiado, el arte volvió nuevamente al CCR. No obstante, los artistas expresan su desconcierto y la inquietud por el futuro de un lugar que sienten como propio.

"La programación actual parece ser la última. Se van a inaugurar unas pocas muestras el 23 de junio, pero nada más", aseguran. "El proyecto de las exhibiciones actuales pertenece a la gestión anterior, la nueva no hizo nada", es la información lapidaria de un curador del CCR. Hoy el acento está puesto en dos cursos que dictarán los artistas Marcos López y Nicola Costantino.

Entretanto, en la inmensidad de la sala Cronopios se exhibe "El primer día", una exposición de Augusto Zanella que gira en torno de la creación del mundo y el momento preciso en el cual Dios dijo: "Sea la luz". La instalación está conformada por 160 tubos de neón colocados en lo alto que, en aparente desorden, se reflejan en una pared cubierta por un espejo. La obra cobra sentido recién cuando el caos se organiza, cuando de acuerdo con la posición que ocupe el espectador en la sala, pueda leer "FIAT LUX".

Los recursos son mínimos, pero el mensaje es poderoso. La ambiciosa exposición de Zanella, curada por Adriana Lauría, se completa en las salitas adyacentes con una instalación de vinilo fluorescente, sensible a la luz ultravioleta, además de los poéticos juegos lumínicos con diferentes matices e intensidades de la obra "Luzazul".

Cuando culmina el extenso corredor del secular edificio del CCR, el espectador enfrenta una visión escalofriante: las monumentales esculturas en carne viva del artista Alexis Minkiewickz. Las gigantescas formas antropomórficas modeladas en cera de abeja y parafina pigmentada se perciben como auténticas láminas de carne, producto con connotaciones simbólicas y generador de riqueza por excelencia en la Argentina. La muestra se llama "Resero va", título tomado de una escultura ubicada frente al Matadero porteño durante años que implica una clara referencia al lugar. El artista explora la faena de sacrificar el ganado y los ritos carniceros: colgar las reses, cuerearlas y cortar la carne. La obra trae al presente "El Matadero", de Esteban Echeverría (1840), texto fundacional de nuestra literatura que describe la violencia sin atenuantes, justo cuando el país se desangraba por las luchas entre unitarios y federales. A través de la analogía entre el toro y un joven unitario, Echeverría refuerza el paralelismo entre los hombres y los animales. Ambos, el toro primero y el joven después, son torturados; ambos se retuercen hasta que llega la muerte.

La artista rosarina Eugenia Calvo trabaja desde hace años -como tema y también como problema- cuestiones de la vida doméstica. Así pasó de los percances con los muebles y la vajilla a la tensión y la opresión generada por las obras actuales. La muestra se llama "En Fuga" y en una de las paredes de una gran sala hay un espejo apretado por unos tirantes de hierro que lo inmovilizan. Dominando casi todo el espacio se divisan, también en acero, las cintas que, en los bancos o aeropuertos, suelen ordenar el paso de la gente en rigurosas filas. Entrampado entre las cintas de hierro, hay un ropero clausurado. El mueble se convierte en un elemento siniestro. ¿Qué ocultan sus puertas selladas? Los enigmas se multiplican. Las estructuras de hierro, según aclara la curadora de la muestra, Alejandra Aguado, "por un lado ordenan y protegen y, por el otro, confinan y parecen haber hecho visible la energía de un dolor sordo como tal, siempre presente. Fiel a la ambigüedad que atraviesa todo el trabajo de Calvo, la instalación pone en duda dónde está la fragilidad y dónde la fuerza, de qué lado está el poder, cuál es el límite entre el permiso y la prohibición".

En el Espacio Historieta se luce la "fauna emocional" de Carlos Ricci, un dibujante de primer nivel. La pasión del artista por los animales, el análisis de sus rasgos, movimientos y costumbres, indican un grado de intersubjetividad extrema. La muestra "La Tierra / La Tierra - Carlos Ricci & Ocampa", pone en el candelero la riqueza del universo de la historieta y la ilustración. Ricci comenzó sus dibujos en los años 90 con el fanzine "Ovejas negras" y ha crecido desde entonces. En las paredes hay murales y la exhibición se inicia con el dibujo de una estampida de caballos desde un extraño punto de vista: el espectador queda literalmente ubicado bajo las patas de un animal. (La muestra está registrada en: http://tierraabisal.blogspot.com.ar/).

La cultura de Ricci no se forjó en los museos. "Yo tengo más influencias de los dibujos animados, los juguetes multiplicados por el mercado o las series de TV", responde Ricci a la hora de reconocer influencias.

En una sala pequeñísima hay una obra de Gonzalo Maciel consistente en dos columnas que emiten música y proyectan luces que configuran imágenes abstractas. Las franjas luminosas de colores y la aspiración a un mundo "trascendente", inducen a evocar las pinturas de Rothko, una de las estrella de la Escuela de Nueva York. En otra sala, las coloridas cerámicas de María Guerriri se aferran con sus formas estilizadas a la pared.

Las variables más o menos marcadas de temas, estilos, talento y calidad, forjaron la tradición del Centro Cultural Recoleta desde los años 80 del pasado siglo, cuando abrió sus puertas al arte. Atravesar las desigualdades del arte que exhibe en sus claustros el CCR ya es tradición. Pero luego de experimentar sensaciones fuertes en todo sentido-, la sala del artista Pablo Cavallo ofrece un respiro. El espectador siente deseos de quedarse. La muestra se llama "Auriculares" y demuestra el placer que depara un gesto banal. Al ingresar a la sala hay una pintura con el interior de un taller semivacío, mientras unos auriculares gigantescos, de tres metros de altura, imponen su presencia con el cambio de escala.

Un video registra en una performance la gracia de una actitud extraída de la vida cotidiana. En una plaza de Buenos Aires hay un joven común y corriente que se mueve, camina y baila unos pasos libremente, como si estuviera solo, mientras escucha la canción pegadiza que invade la sala. El personaje ha sido capaz de abstraerse de los feroces problemas del mundo real para disfrutar de la música, del arte finalmente. La obra tiene el espesor de una metáfora, pero la expresa del modo más simple y elocuente.