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Buen comienzo en el inicio de 2011
Del escepticismo espeso que motorizó el rally de septiembre/octubre no quedan rastros. No importa. De menor octanaje, la suba igual recargó combustible. Nadie critica ya a la Fed ni al QE2. No promovió la inflación ni la huida del dólar y, sobre todo, quitó a la economía del atasco. Haya sido el QE2 o lo que fuera, Lázaro resucitó. Una economía que aceleró su marcha cansina y dubitativa a un ritmo cercano al 3,5% y que quizás pueda rozar el 4% no debería tener dificultad en sostener el ánimo de Wall Street. Aunque la lógica que inflama las cotizaciones provoque también el ascenso de las tasas de interés de largo plazo.
Es una paradoja: no hay economía más robusta que China ni Bolsas más castigadas que las de Shanghái y Shenzhen. En Brasil, Lula entregó la presidencia con el «espectáculo de crecimiento» que vaticinó en su campaña. Pero el Bovespa, tras subir el 82% en 2009, apenas se las arregló para avanzar el 1% en 2010. El nexo entre los fundamentos y las cotizaciones no es una mera relación lineal. Las Bolsas anticipan, la liquidez internacional abunda, y el futuro del mundo parece pertenecer a las economías emergentes, pero aun así no hay almuerzos gratis. Los menús son más complejos. Cuando se espera el postre, las autoridades pueden traer la factura y anular el café. De cara a 2011, el atractivo de Wall Street frente a la potencia turboalimentada de los mercados emergentes es que sus necesidades y las de la política económica están aquí todavía perfectamente alineadas. No hay margen para comenzar un hostigamiento ni la prevención de los paños fríos.
La valuación de Wall Street luce razonable. Tras cerrar 2009 a un múltiplo de 15 veces las ganancias esperadas del año siguiente, 2010 comprimió el ratio a 13,5. No sólo se ubica por debajo de la media histórica, sino que también es modesto considerando la fase temprana del ciclo económico. Y no se le piden proezas a 2011: el consenso estima que las ganancias por acción treparán el 13%. Mientras el «double dip» se mantenga lejos del radar, no es un requerimiento inaccesible (aunque pueda discutirse su «calidad»: se sabe que las ganancias aumentan mucho más por recorte de costos -lo que tiene un límite- que por la vía del incremento de ingresos).
La predisposición a tomar riesgos es otra faceta alentadora que no pierde vigencia. Mientras el Dow Jones se empinó el 11% y el S&P 500 el 13% en 2010, las acciones de mayor beta, de perfil más agresivo, subieron muchísimo más. El NASDAQ trepó el 17% y el Russell 2000 lo hizo el 26%. Si se toman los retornos totales (añadiendo lo que se percibió por dividendos en efectivo), las brechas apenas se reducen. Lo más saliente de la pierna alcista que comenzó en septiembre es que en los momentos de debilidad el diferencial se mantuvo sin mostrar dudas ni titubeos. La apuesta cíclica es muy clara cuando se observa el comportamiento de los tres promedios del Dow Jones. El ranking de avances es contundente: Transporte, Industrial, Servicios Públicos (en ese orden). Los índices de Transporte e Industrial alcanzaron nuevos máximos post-Lehman y conforme la señal convencional de la Teoría Dow habilitan una luz verde para la continuidad de la suba. La reacción pujante de las acciones de los bancos -una novedad de diciembre- es una pieza que faltaba para darle solidez al cuadro de corto plazo. Y si se analizan los flujos se detecta otra perla reciente: después de 33 semanas consecutivas de drenaje, los fondos de acciones domésticas de EE.UU. experimentaron su primera entrada neta de recursos. Fueron magros 335 millones de dólares tras una hemorragia de más de 98 mil millones. Pero la disparidad de las cifras habla a las claras de que la suba operó contra la corriente de las decisiones de cartera de los inversores minoristas. No tocó bolsones de recursos que -hoy colocados en bonos o en efectivo, o en activos del exterior- podrían darle un impulso adicional con facilidad.
Si hay una amenaza a mano, como ocurrió también en 2010, no es otra que la complacencia. Las lecturas de sobrecompra son extremas. Y un chubasco breve que las descreme no sería mala noticia. Si se observa la marcha de las Bolsas europeas -un promedio de ellas como el Euro Stoxx 600-, se advierte que su trayectoria es un calco del recorrido de Wall Street, con todos sus meandros. Cuando la crisis de la deuda obligue a Europa a una definición, si la pone contra la pared, no será fácil para Wall Street (ni para nadie) desligarse. Y antes que eso habrá que atender a la política interna. A comienzos de 2010, fue la pérdida de la banca Kennedy en Massachussetts. El próximo dolor de cabeza para el Gobierno será luchar con los republicanos para aumentar el tope autorizado de deuda pública. Si la puja se desata abiertamente habrá que repartir aspirinas también en Wall Street.


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