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Buena obra de Alfredo Ramos vuelve al folletín sentimental
Alfredo Ramos, actor y director, en el papel de mayordomo. A su lado, Eugenio Soto como Bedoya.
En medio de tanto teatro experimental que abusa de las situaciones inconexas y los diálogos más o menos casuales, las obras de Alfredo Ramos (actor y director formado en las huestes de Ricardo Bartís) se destacan por su entusiasta acercamiento a los distintos géneros de nuestra tradición (el drama rural en «Un amor de Chajarí») y por recurrir a una dramaturgia claramente estructurada.
«Los desórdenes de la carne» abreva en el folletín sentimental, las comedias blancas de los años '40, el sainete y el cine argentino de la época dorada. La acción transcurre en 1954, durante las postrimerías del segundo gobierno peronista; si bien el autor y director prescinde de toda lectura revisionista para ocuparse de analizar, desde una perspectiva más fabuladora e irónica, algunos vicios y flaquezas de la sociedad argentina, aquí representados por una clase alta indolente, hipócrita y golpista.
Cumpliendo la última voluntad de su cuñada, Cecilia Alvarez Redruello, viuda de alta alcurnia, el sacerdote Julio Luis hace venir de Alemania al primo de la difunta, Eugenio de Bedoya, para que sea el «albacea» de su testamento y se ocupe del futuro de los dos jóvenes huérfanos: el primogénito Carlos Alberto, un juerguista con abierta preferencia por las mujeres de dudosa reputación, y la tímida y virginal Rosario que, con apenas 16 años, se esfuerza en catequizar a un grupo de menesterosos y retrasados mentales.
Con ellos organiza un imposible coro navideño, que recuerda a aquella descontrolada «última cena» de mendigos que Luis Buñuel incluyó en «Viridiana». Pese a los buenos propósitos del párroco y a los esfuerzos de su estricta asistente Mafalda, la mansión Redruello es un barco a la deriva. Para empeorar las cosas, el cura que es adicto a la ropa y zapatos de marca, dilapida los fondos de la Iglesia y debe ceder su autoridad al cruel y abusivo Bedoya, quien impone un régimen de «mano dura» que lejos de establecer el orden perdido trae la desdicha a toda la familia.
Entre intrigas y sonrisas (algunos diálogos son desopilantes) la trama avanza hacia la tragedia. El final resulta algo sobrecargado y efectista con relación al tono en que se va desarrollando el conflicto; mientras que la diversidad de registros dramáticos que expone la obra hace que las actuaciones resulten algo desparejas. De todas maneras los papeles principales han quedado a buen resguardo y el relato nunca pierde interés. La puesta se ve además jerarquizada por una cuidadosa ambientación de época.

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