Figura en las especulaciones sobre lo que Cristina de Kirchner va a decir el 1 de marzo en la inauguración del nuevo período legislativo y resume todos los intereses actuales de la Presidente, desde la revolución del calendario hasta el relanzamiento por todo lo alto. Se trata de cambiar la fecha del 2 de abril como feriado, que recuerda el desembarco argentino en las islas en 1982, por el 2 de enero, la de la ocupación inglesa en 1833, de la cual se cumple el próximo año el 180° aniversario.
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La Presidente ha lanzado una ronda silenciosa de consultas para medir si no es demasiado y puede llegar a herir la sensibilidad del público por la causa de la soberanía, pero también por el sacrificio de los soldados que pelearon y murieron en la guerra de 1982.
Cristina de Kirchner adelantó algo hace una semana en el acto de reapertura del trajinado informe Rattenbach, al decir: «Creo que deberíamos comenzar a considerar los argentinos que los días 2 y 3 de enero, del año que viene, se van a cumplir 180 años exactos de la usurpación y el desalojo de los argentinos de nuestras islas Malvinas. Deberíamos comenzar a considerar también esta fecha».
El Gobierno tiene una confianza conmovedora sobre los efectos del calendario de efemérides en el público; ha revolucionado el esquema de feriados, que, además, cambia todos los años y hasta ha incluido feriados por una sola vez, como el que recordará el 27 de este mes la creación de la Bandera. Así como los intendentes saben que para paralizar cualquier debate inoportuno lo mejor es cambiar el sentido del tránsito de las calles o la ruta de los colectivos, el Gobierno menea el calendario como si fuera a cambiar la realidad. Esto no explica por sí solo el proyecto de cambiar la fecha de Malvinas del 2 de abril al 2 de enero, que responde a una intención más seria del Gobierno, que cree conviene a la campaña por la soberanía en las islas quitarle todo resabio militarista y civilizar el festejo.
Esto está detrás de otras decisiones del Gobierno que, como el destape del informe Rattenbach, tienen sentido simbólico. Ese informe se conoce desde hace años, se ha editado más o menos completo y el Gobierno estudia si en la versión que autorizará no habrá alguna tacha por razones de seguridad. Pero haga lo que haga está convencido del efecto que tendrá en la pelea con Gran Bretaña exhibir los reproches gravísimos que esa comisión les hizo a los responsables militares y civiles de aquella decisión de 1982. Lo que se quiere transmitir es que lo que hicieron aquellos militares es horrible y que la Argentina de hoy no tiene nada que ver con aquellos métodos.
El gesto enfrenta uno de los argumentos más fuertes que usa Gran Bretaña cuando intenta responder a los reclamos de soberanía por parte de la Argentina: las islas, insiste Londres, fueron ocupadas por unos militares torturadores que intentaron perpetuarse en el poder para tapar sus atrocidades usando la bandera de la soberanía. A la Argentina le ha costado responder a esos reproches porque cuesta en un país que tuvo una guerra por una causa en la que murieron sus jóvenes separar su sacrificio de las intenciones de quienes decidieron la ocupación. El Gobierno cree que si exhibe el informe Rattenbach, se le facilitará la tarea de frenar ese argumento inglés, que refluye cada tanto, como cuando los kelpers dicen que no quieren pertenecer a un país con gobiernos autoritarios y en el cual cada tanto ha habido un Gobierno militar que clausuró la democracia.
El riesgo de esta movida con el informe es que los ingleses lo usen para retorcer su ardid de insistir en los militares torturadores de 1982 y pegar toda la campaña a esas reminiscencias militaristas. Una jugada de póquer en la cual cada parte deberá extremar su táctica para lograr su objetivo: la Argentina para desmilitarizar la campaña y Gran Bretaña para pegarla más a las atrocidades galtieristas, usando los dos el mismo informe Rattenbach.
El Gobierno tiene dos semanas para terminar el análisis de la conveniencia de lanzar el proyecto para cambiar la celebración del 2 de abril -que parece instalada en el afecto del público- por la del 2 de enero, que tiene el riesgo de caer después del feriado de comienzo de año y diluirse en otro puente vacacional. También la idea tiene que conciliarse con otros feriados militarizados, como el del 24 de marzo, que recuerda, para mal, el golpe militar que instauró a Jorge Videla. La celebración persigue recordar el atroz final de un período democrático, pero si se le aplicase el criterio de desmilitarización que se estudia ahora para el 2 de abril, sería más atinado reemplazar esa fecha por la del 30 de octubre -día de la elección del Gobierno de Raúl Alfonsín en 1983- o la del 10 de diciembre de ese año, cuando se reinició el período democrático. Pero, ¿quién les regala en un Gobierno peronista una oportunidad de fiesta a los radicales?
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