6 de mayo 2010 - 00:00

“Carancho”: fuerte policial de Trapero

Los negocios turbios a costillas de accidentados inspiraron a Pablo Trapero un inquietante film, nada metafórico, que obliga a discusiones más allá de lo cinematográfico.
Los negocios turbios a costillas de accidentados inspiraron a Pablo Trapero un inquietante film, nada metafórico, que obliga a discusiones más allá de lo cinematográfico.
«Carancho» (Argentina.- Francia- Chile, 2010, habl. en español). Dir.: P. Trapero. Guión: P. Trapero, A. Fadel, M. Mauregui, S. Mitre. Int.: L. Darín, M. Gusmán, C. Weber, J.L. Arias, P. Ronzano, L. Acuña, G. Almirón, J. Espeche.

Veintidós muertos por día en accidentes de tránsito, decenas de heridos, no sólo constituyen un drama. Para cierta gente son un negocio. Sobre todo, si el hecho puede fraguarse, si los heridos o sus deudos están lo bastante aturdidos como para dejar que alguien eleve un informe con variaciones, y un abogado pasa casualmente por el hospital o el velatorio y ofrece ocuparse de reclamar al seguro. Bueno, seguro que también se ocupa de conseguir una firmita delegando en él hasta el mismísimo cobro de la indemnización.

Hay variantes. Meses atrás, Robos y Estafas de Capital descubrió un tongo armado entre una empresa de taxis, un taller mecánico y el empleado de una aseguradora, que se movían por Mataderos, Caballito y Flores. Y no eran flores, sino infelices arreglados con dos pesos, quienes, también meses atrás, declaraban haber sido atropellados en La Matanza. Pero la verdad es que primero alguien los sedaba, les quebraba un hueso, y los ponía al borde de la calle. Bastaba chocarse el espejo retrovisor, y culpar al automovilista. Ahí aparecía un abogado de pobres e indefensos, y al final se quedaba con la plata del pobre, que quedaba realmente indefenso, y encima quebrado.

Esas tácticas, y otras, aparecen en «Carancho». El título alude a un ave de rapiña, y define a un cazador de incautos mandado por una «fundación» que medra con las víctimas de accidentes. Él quiere apartarse, pero lo tienen agarrado. De casualidad conoce a la médica de un servicio de urgencias llamado Movilmed, que también hace turnos en Emergencias de un hospital. Ella, agobiada de trabajo, de inmundicia, y pasada de sueño, pero sin sueños. Él, con un sueño turbio, difícil de concretar. La acción, en San Justo, González Catán, y otros lugares poco turísticos. El estilo, nervioso, de planos apretados, noche, amaneceres sólo atmosféricos, nada metafóricos, varios choques, mucha sangre, ocasionales momentos de humorismo fuerte (el chofer tira de la ambulancia a un borracho cargoso, los barrabravas se pelean dentro mismo del hospital, la radio pasa música bailable en la morgue, etcétera).

Buenos los choques, muy bueno el trabajo de maquillaje para fingir heridas, bravas las escenas con inyecciones o sutura de un tajo en la frente, bien los intérpretes, no sólo Ricardo Darín y (a medida que su personaje pierde la coraza) Martina Gusmán, sino todos y cada uno. Y hay que tener en cuenta que Pablo Trapero, el director, suele incluir no-actores, y además conoce el paño: él mismo es de San Justo, partido de La Matanza, y así se llama su empresa, La Matanza Cine (acá en asociación con Patagonik, para mayor eficacia de las escenas violentas).

Película fuerte, inquietante, que obliga a discusiones más allá de lo cinematográfico, afronta dos dificultades. Una, que por su estilo puede dejar atrás a algunos espectadores, y ya se sabe que cuando alguien no entiende una escena, o le parece que falta algo lógico y esperado, pierde interés. Otra, que por el modo en que van las cosas solo caben tres finales: el castigo en negro a los peores, y rajarse al Brasil a disfrutar de la mina y la plata, tipo «Perdido por perdido» y otras películas bien celebradas, o esto mismo pero con la angustia clavada para siempre, como pasaba en mucho cine negro americano, o todo mal, como en la realidad, donde rara vez uno tiene la maravillosa lucidez y puntería de los personajes de ficción. Hasta el último minuto el público no sabrá cuál de los tres finales ha de ver. En fin, como decía un viejo comentarista, «¡dejemos que el cine sea cine!».

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