19 de mayo 2009 - 00:00

Casa Blanca apuesta a un milagro en Teherán

El espectáculo de amables discrepancias ofrecido ayer en la Casa Blanca por Barack Obama y Benjamín Netanyahu no tiene precedentes en, por lo menos, los últimos ocho años, durante los que la política exterior de George W. Bush e Israel marcharon en perfecta sintonía.

La amabilidad fue la esperada: Estados Unidos e Israel son lo más cercano a la definición de dos aliados perfectos, por compartir intereses políticos y visiones en el complejo tablero de Medio Oriente, tan jalonado por extremismos y violencias. Lo llamativo, aunque esperado, fue el tenor de sus diferencias, que hacen al corazón de la política del nuevo Gobierno de derecha de Israel, algo que, si una de las partes no termina cediendo, augura choques aun más sonoros.

El Gobierno de Netanyahu y de su principal socio, el canciller ultranacionalista Avigdor Lieberman, considera que el diálogo de paz ha ido demasiado lejos en los últimos años, que Israel no puede seguir negociando con el liderazgo moderado palestino mientras éste no se muestre capaz de asegurar el control de los terroristas de Hamás y que los acuerdos previos entre las partes para llegar a un estatus final de dos Estados conviviendo en paz no pueden, en las condiciones descriptas, seguir condicionando a Israel. Así, la oferta en ciernes sería la de un hogar nacional palestino con soberanía recortada, sin Fuerzas Armadas, no un Estado propiamente dicho.

El problema es que Obama insiste en hablar de Estado, convencido de que nada menos que eso permitirá poner fin efectivamente al prolongado conflicto palestino-israelí. Es más, en su visión, la solución del problema palestino es la llave para frenar los sentimientos antinorteamericanos en Medio Oriente y para poner en marcha una política de reconciliación con el islam. En la mente de Obama, sin esto último no puede haber una pacificación a largo plazo de Irak ni una cooperación verdadera de otros países musulmanes para poner en caja la creciente rebelión talibán en Afganistán y, sobre todo, en Pakistán, el único país islámico dotado de bombas nucleares.

Por supuesto, la creación de un nuevo Estado árabe junto a Israel requiere de un freno urgente a la política de construcción de asentamientos en Cisjordania, que nunca se detuvo y vuelve ahora a acelerarse con Netanyahu. Sin ello, el territorio a ceder a cambio de paz terminará siendo insuficiente para las aspiraciones palestinas. El de los asentamientos es otro punto de conflicto entre Washington y Jerusalén que quedó claro ayer.

Voluntarismo

Quien esto escribe ha calificado desde estas páginas de voluntarista la otra pata de la estrategia del demócrata: el operativo de seducción de Irán. Es que ese país, dominado férreamente por el clero chiita, se ve rodeado de fuerzas norteamericanas, al oeste en Irak y al este en Afganistán, a lo que se suma el carácter nuclear de Israel. La continuidad de su plan nuclear es consecuente tanto con el sentimiento iraní de verse jaqueado militarmente por Occidente como con su propia vocación hegemónica en la región, a través de su influencia en el sur chiita de Irak y de su penetración en Líbano a través de Hizbulá y en Gaza de la mano de Hamás.

Cuando Obama dice que se deben esperar las elecciones iraníes de junio para iniciar un diálogo más concreto, lo que señala en realidad es que ese acercamiento es imposible con el presidente ultraislamista Mahmud Ahmadineyad, quien irá por la reelección. Hay en ello un error de diagnóstico: el verdadero centro de gravedad del poder iraní no es el presidente, sino su líder espiritual, Alí Jamenei, emergente a su vez del clero chiita que controla con puño de hierro la vida política nacional.

Llamamiento

El 10 de mayo último, Jamenei salió en defensa de Ahmadineyad, al llamar a no votar por ningún candidato que «mienta» sobre la situación económica de Irán. El manejo de la economía es, justamente, el tema que más le critican al presidente sus adversarios reformistas, sobre todo Mir Husein Musaví, favorito del sector. Las políticas populistas de Ahmadineyad han provocado un estancamiento del nivel de actividad, un desempleo peligrosamente elevado -sobre todo el juvenil, un dato clave tras el «baby-boom» que vivió el país tras la Revolución Islámica de 1979- y una disparada de la inflación.

Ahmadineyad tiene otro padrino de peso: el ayatolá Ahmad Janati, jefe del Consejo de Guardianes, uno de los hombres más poderosos del régimen.

Ese cuerpo, conformado por doce miembros -seis de los cuales son designados a dedo por el líder espiritual- ejerce el control de constitucionalidad, es decir que todas las leyes emanadas del Majlis (parlamento) se ajusten a la «sharia», la ley islámica. Además, y más importante, tiene por función revisar cada candidatura, pudiendo vetarlas -como de hecho lo hace de a centenares ante cada elección presidencial y legislativa- si es que éstas no presentan garantías ideológicas.

En este contexto, esperar un cambio de política de Teherán puede parecer ilusorio.

Aunque Obama no quiso hablar de «plazos», Netanyahu, al menos, se llevará de Washington la promesa de que no se esperará más allá de fin de año para ver si dan resultado sus esfuerzos diplomáticos.

Eso es lo más que está dispuesto a esperar Israel antes de volver a poner sobre la mesa la posibilidad de un ataque preventivo contra las centrales nucleares iraníes. Un escenario de pesadilla que nadie garantiza que pueda ser evitado.

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