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Catástrofes urbanas: un síntoma que insiste

La gran diferencia que divide las aguas del psicoanálisis con otras psicoterapias es que allí donde hay un síntoma, como formación de compromiso, como retorno de lo reprimido, se juega una satisfacción pulsional que fija al sujeto a ese síntoma. Lo que queremos señalar es que detrás de ese padecer que el síntoma conlleva hay un inexorable reverso de satisfacción. El fantástico descubrimiento de Freud, en los primeros casos de parálisis histéricas que estudió, fue que allí donde el síntoma se sufría, ese padecimiento traía al sujeto lo que él denominó beneficio secundario de la enfermedad, vinculado al goce y a un regodeo sobre el síntoma. El que enferma, en esos términos, necesita cuidados, ser atendido, evita ir a trabajar, entre otros.
Queda desterrada, entonces, la idea de la extirpación, del arranque del síntoma como solución al padecimiento. De lo que se trata es de trabajar con el síntoma y desde el síntoma para lograr una modificación de la posición subjetiva.
El reclamo social no es ingenuo, la gente demanda que no haya más accidentes. Sin embargo, esta insistencia, estos accidentes que se repiten son, para nosotros, el síntoma de algo que subyace, que demuestra a las claras un no-hacer, una desidia que irrumpe de manera dolorosa, en escala dramática. ¿Por qué no sería posible, en otras culturas, que un colectivo, en zona urbana, se desplace a 50 km de velocidad o más y cruce sin control la barrera a 45 grados?
Georg Hegel planteó, como motor de la sociedad, la dialéctica entre el Amo y el Esclavo en la lucha por el reconocimiento. Los esclavos pugnan por perder su estatus y pasar a ser amos. El que resigna esa posición se queda en un estatus fijo. En el transporte público suceden situaciones cotidianas donde esa dialéctica se detiene, se interrumpe. Los pasajeros de un colectivo no quieren ser el chofer, sólo quieren que los trasladen. La autoridad no se discute, el poder es ejercido por el conductor y, en esos lugares fijos, los argentinos tenemos profundos resabios de autoritarismo.
Todos nos dejamos llevar. La autoridad no se discute, se acata. No hay registro de la posibilidad de discutirla. Hemos escuchado testimonios de casos que culminan en un terrible accidente donde colectivos han cruzado a toda velocidad barrios enteros. ¿Por qué los pasajeros no pueden decir «basta»? ¿Por qué no pueden reaccionar? Sucede en el transporte público y en el particular. Si la propia vida está en juego, ¿qué opera allí para delegarla con tanta resignación?
La desidia en la administración y el control del transporte público ha sido una constante en las últimas décadas. De otra manera no es posible pensar que, frente a la catástrofe, un barrio entero denuncie el mal estado de una barrera y, con total desparpajo, el mismo día del accidente voceros de la empresa de trenes, con absoluta impunidad ante los medios, indiquen que la barrera funcionaba perfectamente. Félix Luna, en su libro «Buenos Aires y el país», aludió como metáfora a un gigante macrocéfalo cuya cabeza se fagocita al cuerpo. Es el escenario donde se discuten y delegan responsabilidades entre jurisdicciones, de manera exacerbada e impune, con una concentración de gasto y energía desmesurados.
Este constante regodeo sobre la delegación de responsabilidades y competencias es un síntoma que insiste en operaciones parche que obturan un análisis en profundidad. Se suma a ello el remanido recurso de aumentar las penas, que también insiste como síntoma, al suponer que la sola amenaza que conlleva el castigo de alguien que cruce la barrera baja puede, per se, evitar dicha conducta. Cuando de lo que se trata es de asumir la responsabilidad de aceptar el conjunto de variables que nos sumergieron en esta dramática ineficacia, que impide ejecutar medidas a corto y mediano plazo que reduzcan al mínimo el estándar de accidentes en base a una prevención eficaz.
Subyace en el imaginario colectivo que, una vez que la noticia del accidente se diluya, dependerá del azar y de la contingencia que un nuevo accidente irrumpa y se repita, como síntoma, para volver al «como si» del supuesto interés y tratamiento del tema.
Notamos una cierta equivalencia entre la inseguridad en los medios de transporte y la inseguridad física construida en la opinión pública, ya que ambas comparten ese modo social de insistencia en el reclamo y su contraste con pátinas de medidas superfluas, de paso, al servicio del falso ideal de su erradicación. En la medida en que no se elija pensar que esos síntomas dicen algo sobre el estado actual del orden social y sólo se priorice su obturación, ningún movimiento que tienda a la prevención será eficaz.
De esta manera, lo que queremos destacar es que, para que pueda haber algún movimiento, deberíamos estar advertidos de que trabajar con el síntoma, trabajar con el accidente que insiste y revela, implica un compromiso y una responsabilidad que escapan a la mera especulación punitiva.
(*) Abogado, defensor oficial en la Ciudad de Buenos Aires, licenciado en Psicología de la UBA.
(**) Licenciada en Psicología de la UBA.

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