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Cautela: festeja mercado probable cortina de humo
Los mandatarios de Francia, España e Italia se reunieron en Roma con la canciller alemana, Angela Merkel. Y se fueron como arribaron. Se lanzó esta cortina de humo -festoneada con las referencias al crecimiento- para ocultar la falta de avances en los temas de fondo. El bloque latino volvió a la carga con la iniciativa que se ventiló en Los Cabos -en el cónclave del G-20- y se filtró a los medios como un hecho consumado: la compra de bonos españoles e italianos por parte de los fondos europeos de rescate. Pero Alemania no canceló su veto. Sobre el particular, la semana última, Merkel le dijo que no al G-20, al FMI y al trío mediterráneo de Hollande, Rajoy y Monti.
Rumores
Los 600 mil millones de euros que se destinarían a las compras de bonos, según los rumores, se redujeron a módicos (si es que cabe el adjetivo) 10 mil millones de dinero fresco que se inyectarán en el capital del BEI. Gracias al apalancamiento, y transcurrido el tiempo, esos 10 mil millones de euros se traducirán, con suerte, en los 130 mil millones del anuncio. Pero la reunión no se celebró para tratar una cuestión que ya estaba abrochada de antemano. ¿Qué esperar, pues, de la cumbre del próximo jueves y viernes? ¿Qué negativa que no se haya expresado ya?
Se ha dicho aquí que Europa está paralizada. La situación es grave y no mejora, aunque los mercados, a veces, o de a ratos, sí. España sintió el alivio de una notable descompresión después de que el BCE se aviniese a relajar las exigencias de garantías para prestarles a sus bancos. Y ayudó también que otros dos nuevos exámenes de estrés realizados por sendas consultoras extranjeras (ya hay tantos exámenes como estrés) arrimaran estimaciones de faltantes de capital no muy distintas de las cifras que se barajaban.
Los 100 mil millones de euros del paquete de rescate bancario deberían alcanzar de sobra para cubrir la brecha. La Bolsa madrileña se entonó con las noticias. Y los bonos públicos recortaron la prima de riesgo en un punto porcentual completo. La tasa de diez años que, a comienzos de semana, había quebrado raudamente el umbral del 7% amainó al 6,3%. Las acciones de los bancos se beneficiaron. Y hasta Bankia descolló. ¿Se despeja el panorama? Bastaría darle curso a la petición de Rajoy y permitir que la Tesorería española se desvincule de las erogaciones que supone el proceso de capitalización de la banca. Es el reclamo de Monti, de Hollande, del FMI. Pero Merkel no lo acepta. Y, en ese caso, toda mejoría será un cometa fugaz.
España pudo colocar un puñado de bonos -pagando tasas muy elevadas- pero no podrá sostener las colocaciones que demanda su programa financiero (aunque ya haya ejecutado más del 60%). A menos que los fondos de rescate compren su deuda. Pero ello tampoco cuenta con el aval de Berlín. O, alternativamente, precisaría que lo hiciera el BCE. Mas Fráncfort se opone (libra, a su modo, una batalla sorda con Berlín). Quedarían los eurobonos (o, al menos, las euroletras) y, como se sabe, también son materia prohibida. Así España está atrapada. Sin salida a la vista.
España se distiende, y no deja por ello de estar sitiada. Italia, a la que todavía no se le cerró el cerco, se complica peligrosamente. No son sólo las finanzas. La política allí reposa sobre bases precarias. En Grecia, el Gobierno tecnócrata de Lucas Papademos pasó sin pena ni gloria. Y el Pasok, el partido socialista otrora dominante que lo sostuvo, pagó los platos rotos. El malestar económico es un ácido potente.
Lo mejor para un político con aspiraciones es tomar distancia. Y Mario Monti es el otro tecnócrata que Berlín, a fines del año pasado, ayudó a instalar. Quienes lo respaldan en el Parlamento no desconocen la tragedia de Atenas. Menos que menos, Silvio Berlusconi, su predecesor, quien además tiene una deuda personal por cobrar. El magnate milanés avisó la semana pasada que está listo para bajarse. Y no se anduvo con chiquitas. Se aventuró a un terreno que ni siquiera Alexis Tsipras, el líder de la izquierda griega radical, se atrevió a pisar. Dijo que no ve la idea de que Italia abandone el euro como una «blasfemia». Tampoco entiende por qué podría ser perjudicial para el país.
Italia no padeció ni la décima parte de lo que sufrió Grecia, y, sin embargo, ya hay un político de nota dispuesto a patear el tablero. Berlusconi es un hombre de rencores, pero también de empresa. Nunca tuvo inquietudes revolucionarias. Olfatea que la crisis abre un nuevo mercado y si invierte allí -y corre los riesgos del pionero- es porque lo juzga políticamente rentable. No debe sorprender, entonces, que Monti luzca tan inquieto. A diferencia de Rajoy, carece de una base propia de sustentación más allá de la aprobación que concite su gestión de gobierno. Si no consigue convencer a Alemania de flexibilizar pronto su postura, y la crisis no baja sus decibeles, no la tendrá fácil con sus compatriotas. Y si hoy las desventuras de España arrastran a Italia, el año pasado era al revés (con Berlusconi también protagonista). Hay que pensar que una política italiana en convulsión puede volver a tomar la posta.
Monti dice que resta una semana para salvar al euro (y, se sobreentiende, también para mantener a flote a su Gobierno). De ahí la importancia de la Cumbre. Pero Alemania no cederá hasta garantizarse una unión política. ¿Qué hará Europa? ¿Apostará a que la invocación al crecimiento surta efecto? En el mejor escenario que parece alcanzable prometerá también la unión bancaria. Y la supervisión bancaria unificada en cabeza del BCE. Y cruzará los dedos para que el bluff de sus juramentos postergue la debacle.


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